Por la pequeña suiza luxemburguesa (mayo de 2009) (2)



Desde Berdorf ponemos rumbo a la Vile d´Echternacht, la ciudad más antigua de Luxemburgo y destino que, de paso, nos permitirá una parada adicional. Porque, de camino, las praderas de eléctricos verdes, las mismas que periódicamente están salpicadas de bosques que se intuyen frondosos, se hunden, se quiebran y se deforman ante la irrupción de oscuras y porosas rocas. Un precioso paisaje ondulado de esos de clásica ciclista mientras la carretera desciende a una especie de cañón alimentado por las aguas del Aesbach y el Haalsbach y disimulado por una intensísima vegetación de vivos colores desde los helechos de la base hasta las copas de los árboles más altos. Unas enormes murallas de piedra, hijas de tiempos muy pretéritos en las que las aguas moldearon el actual paisaje, nos acompañan en el entorno. Un mirador, el de Perekop, nos permite comprobar el intenso trabajo del líquido elemento y la frondosidad de los bosques. Las alturas de unas auténticas caídas libres son de vértigo, como también la escalinata que, aprovechando una grieta en una enorme roca, asciende hasta ese mirador.



Angosto y empinado acceso al mirador de Perekop... ¡Menos mal que colocaron una barandilla!


Sí, son dos personas. ¡Menuda caída la del Perekop! A ojo, medio centenar de metros.


Un panel explica la génesis de estas "hoces" y cómo son en la actualidad.


Retorno hacia el coche por un camino "relativamente" más accesible.

Repuestos, retomamos el camino hacia Echternacht. Considerada la ciudad más antigua de Luxemburgo, esta ciudad de menos de 5.000 habitantes sorprendente por la intensa vida de sus calle. Echternacht crece junto a las aguas del río Süre (o Sauer en alemán), el mismo que en este punto marca la frontera entre el Gran Ducado y Alemania. No muy lejos, todo sea dicho, queda la Lorena francesa. Y si a esto le unimos una historia marcada de tiras y aflojas, pues podemos encontrarle una explicación a la nomenclatura francesa de algunas calles y a la germana de otras. El propio nombre de la ciudad, visto en la tapa de una alcantarilla, resume esta dualidad idiomática. En Luxemburgo son idiomas oficiales tanto el alemán, como el francés y el luxemburgués; y un porcentaje de la población muy alto es trilingüe.



Tapa de alcantarilla en Echternach.



Rue de la Gare.

Lo cierto es que Echternacht, coqueta pero intensa, cuenta en sus afueras con unos restos romanos que confirman la antigüedad de una existencia que cobró energía en torno a un monasterio medieval. Sin embargo, su peatonalizado centro, su actividad comercial y sus cuidadísimos parques, le aportan mucha vida. Un poco de sol basta para que la gente ocupe las calles, las terrazas y las heladerías. Y por disfrutar, pues un café con el mejor sabor del portugués. Porque como la colonia lusa es amplia, tanto que incluso se imparte portugués en la escuela, tanto que las camisetas del Oporto, el Benfica, el Sporting Club o la seleçao son numerosas, por estas cuestiones, decíamos, es posible disfrutar de un pringado en un bar regentado por portugueses. En algún lugar leímos que la integradísima colonia portuguesa supone un 15% de la población del Gran Ducado.


Llegamos a la Place du Marche.

Place du Marche (2).


Moteros, turistas y cicloturitas en la Place du Marche (3).


Place du Marche y el viejo ayuntamiento.



El viejo edificio (de detalles góticos) del ayuntamiento.


El "nuevo" edificio del ayuntamiento, más clásicista y anexo al anterior.

Bandera por un Tibet libre en la fachada de un restaurante... no de comida china, precisamente.

Contrastes: un cajero electrónico entre viejas columnatas y firme empedrado.


La Rue de la Gare, peatonalizada y engaladada con hermosas farolas y coquetos maceteros, es el principal eje del centro histórico, donde se concentran la mayoría de las tiendas de moda y los bares. Esta calle muere en la céntrica Place du Marche, donde a poco que salga el sol es fácil encontrar una mezcla de cicloturistas, moteros, turistas que han dejado su autocaravana aparcada en las afueras y locales que se toman una pausa en sus obligaciones para leer el periódico. Aunque tapada por el saliente viejo edificio del ayuntamiento, anexa a esta plaza se encuentra una prolongación de la anterior presidida por el Hotel de Ville (ayuntamiento) y una fuente de los deseos. Al lado podemos intuir la iglesia de la abadía de Willibrord, posiblemente el edificio más solemne de la ciudad, pero que no deja de ser una reconstrucción. La Segunda Guerra Mundial se cebó con esta zona y destruyó muchos de sus atractivos. En la actualidad, todo el recinto de la antigua abadía, iglesia incluida, forman parte de una escuela. Un entorno tan impresionante que más bien podría resultar propio de una universidad o similar. Pero no, es una escuela. Y como muestra de la colonia lusa, allí se imparte la lengua de Camoens.

La restaurada Iglesia de la Abadía de Willibrord.

Iglesia de la Abadía de Willibrord (2).

Edificios y patios anexos a la abadía que hoy en día albergan una escuela.



El patio de la escuela... y sus vistas hacia Alemania.


Junto al recinto educativo se encuentra uno de los cuidadísimos parques de esta pequeña ciudad. Céspedes intentos, muy uniformes, salpicados con coloridas flores amarillas, rojas o azules junto a las tranquilas aguas del Süre y la frontera. Un camino junto a la orilla por el que pedalear, patinar, correr o sencillamente pasear completa esta atractiva parte de una Echternacht de la que nos despedimos, como también de este distritito de Grevenmacher (uno de los tres de Luxemburgo) del que forma parte.



El Orangerie, un parque y un edificio de inspiración francesa y levantado a mediados del siglo XVIII. Se encuentra junto a la Abadía.


Parques junto a la Abadía.

Otra vista del parque anexo a la abadía.



Paseo fluvial junto al Süre. A la izquierda, Alemania.



Paseo fluvial junto a las aguas del Süre. En la otra orilla, que se intuye enfrente, el estado alemán.

Siguiendo el curso del Süre, disfrutando de sus pueblos con la mitad del casco urbano en el lado alemán y la otra en suelo luxemburgués, con los cada vez más comunes meandros del río y las cada vez más crecientes colinas colindantes, entramos en el Distrito de Diekirch. En su capital, del mismo nombre, se fabrica la cerveza que lleva el mismo nombre y que es muy común en todo el país. En Diekirch, un ciudad cuya mascota oficial es el burro (su imagen está repartida por calles, fachadas y fuentes), el ejercito luxemburgués tiene sus cuarteles centrales. Y En Diekirch, camino de nuestro siguiente destino, vivimos una situación curiosa que nos permitió comprobar el afable carácter de los nativos: acabamos circulando en dirección prohibida por error, los coches que venían de frente (todos de alta gama, por cierto) nos avisaron y esperaron a que se corrigiera el rumbo… ¡sin pitar ni gritar!

El paisaje que nos acompaña en nuestro viaje camino de Diekirch.


Decíamos que íbamos camino de nuestro siguiente destino, que no era otro que Vianden. De nuevo nos acercamos a la frontera con Alemania y lo hacemos en un paisaje orográficamente quebrado, en el que la buena carretera dibuja una curva tras otra escoltada por prados cultivados y bosques. Tras una curva en la que la pendiente se vuelve negativa emerge, en la cima de un monte cercano, el espectacular castillo de Vianden. Un recinto que, por sus torres, por su concepción total, bien podría haber inspirado a Walt Disney. No nos consta esto; lo que sí, que junto al castillo pasa uno de los ramales centroeuropeos del Camino de Santiago. Ahí es nada. Para entrar al recinto cobran entrada, unos 5 euros los adultos, pero cuando anduvimos por sus pagos estaba cerrado por unas pequeñas reformas.


El paisaje se quiebra y, tras una curva, aparece el castillo de Vianden. Impactante.


Bienvenidos.




El "naranjita", en el aparcamiento cercano al castillo.

Vianden apenas tiene 1.500 habitantes, pero rebosa vida. Varios negocios hosteleros de estética medieval nos permiten intuir que es un destino turístico interesante para un perfil de gente veterana y con buenos sueldos. Los coches que nos cruzamos lo confirman. Pero además de la quincena de hoteles del pueblo (nada mal para su tamaño), también hay más económicos campings y albergues juveniles.





Vistas del medieval "casco viejo" de Vianden desde el acceso al castillo.


El acceso al castillo.


Aquí se aprecia que el conjunto está bastante restaurado. ¡Los años no pasan en balde!


El cartel anunciador de que por aquí también pasa el Camino de Santiago.


Detalle del cartel de tramo luxemburgués del Camino.

El núcleo urbano, estéticamente muy uniforme y respetuoso, tiene dos partes. Una, la alta, a los pies del castillo. La apariencia de este “barrio alto”, realmente ciudad medieval, es la típica de los viejos pueblos en pendiente: calles estrechas, fachadas estrechas… Restos de murallas en las colinas cercanas nos avisan de que en otro tiempo esta zona estuvo completamente amurallada. La Grand Rue, calle principal que atraviesa el pueblo, una buena rampa empedrada por cierto, nos deja en el antiguo puente que atraviesa las aguas del río Our (Pont du Vianden).


Precioso, sencillamente.



El castillo en lo alto. El pueblo "más nuevo" abajo, junto a las aguas del río Our. A la izquierda se intuye el arranque del teleférico.

Estamos en el Vianden bajo, más “moderno”, llano y con casas más amplias. Es el Vianden, por cierto, donde habitó el escritor Victor Hugo. El pueblo presume del francés y la que fue su residencia en 1871, junto a la iglesia de San Nicolás (levantada por los templarios en el siglo XIII, aunque varias veces reconstruida por incendios y otras fatalidades), acoge un museo. Enfrente, al lado del puente sobre el Our, una estatua se encarga de recordar que el genial literato galo ha sido también uno de los ilustres de este histórico núcleo urbano. Otro atractivo de Vianden es el teleférico que une el valle labrado por el Our, a 200 metros, y los montes en los que descansa su castillo, a 450 metros: el único existente en el Gran Ducado.









Escultura en el Pont du Vianden






Iglesia de San Nicolás.

Un paseo fluvial nos ofrece negocios de restauración con un aliciente extra bastante seductor: las espectaculares vistas sobre el castillo, las montañas colindantes, el puente, el pueblo y el curso del Our. Y todo ello mientras atardece. Nada como una Diekirch bien fresquita para celebrar tan sutil belleza visual e ir festejando un intenso día de turismo por el este de Luxemburgo.






La Diekirch, una de las cervezas del Gran Ducado.

¡Un brindis por Vianden! ¡Y por Anabella y su hospitalidad!

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