
Desde Berdorf ponemos rumbo a la Vile d´Echternacht, la ciudad más antigua de Luxemburgo y destino que, de paso, nos permitirá una parada adicional. Porque, de camino, las praderas de eléctricos verdes, las mismas que periódicamente están salpicadas de bosques que se intuyen frondosos, se hunden, se quiebran y se deforman ante la irrupción de oscuras y porosas rocas. Un precioso paisaje ondulado de esos de clásica ciclista mientras la carretera desciende a una especie de cañón alimentado por las aguas del Aesbach y el Haalsbach y disimulado por una intensísima vegetación de vivos colores desde los helechos de la base hasta las copas de los árboles más altos. Unas enormes murallas de piedra, hijas de tiempos muy pretéritos en las que las aguas moldearon el actual paisaje, nos acompañan en el entorno. Un mirador, el de Perekop, nos permite comprobar el intenso trabajo del líquido elemento y la frondosidad de los bosques. Las alturas de unas auténticas caídas libres son de vértigo, como también la escalinata que, aprovechando una grieta en una enorme roca, asciende hasta ese mirador.

Angosto y empinado acceso al mirador de Perekop... ¡Menos mal que colocaron una barandilla!
Sí, son dos personas. ¡Menuda caída la del Perekop! A ojo, medio centenar de metros.
Un panel explica la génesis de estas "hoces" y cómo son en la actualidad.
Retorno hacia el coche por un camino "relativamente" más accesible.
Repuestos, retomamos el camino hacia Echternacht. Considerada la ciudad más antigua de Luxemburgo, esta ciudad de menos de 5.000 habitantes sorprendente por la intensa vida de sus calle. Echternacht crece junto a las aguas del río Süre (o Sauer en alemán), el mismo que en este punto marca la frontera entre el Gran Ducado y Alemania. No muy lejos, todo sea dicho, queda la Lorena francesa. Y si a esto le unimos una historia marcada de tiras y aflojas, pues podemos encontrarle una explicación a la nomenclatura francesa de algunas calles y a la germana de otras. El propio nombre de la ciudad, visto en la tapa de una alcantarilla, resume esta dualidad idiomática. En Luxemburgo son idiomas oficiales tanto el alemán, como el francés y el luxemburgués; y un porcentaje de la población muy alto es trilingüe.
Tapa de alcantarilla en Echternach.
Rue de la Gare.
Lo cierto es que Echternacht, coqueta pero intensa, cuenta en sus afueras con unos restos romanos que confirman la antigüedad de una existencia que cobró energía en torno a un monasterio medieval. Sin embargo, su peatonalizado centro, su actividad comercial y sus cuidadísimos parques, le aportan mucha vida. Un poco de sol basta para que la gente ocupe las calles, las terrazas y las heladerías. Y por disfrutar, pues un café con el mejor sabor del portugués. Porque como la colonia lusa es amplia, tanto que incluso se imparte portugués en la escuela, tanto que las camisetas del Oporto, el Benfica, el Sporting Club o la seleçao son numerosas, por estas cuestiones, decíamos, es posible disfrutar de un pringado en un bar regentado por portugueses. En algún lugar leímos que la integradísima colonia portuguesa supone un 15% de la población del Gran Ducado.
Place du Marche (2).
Moteros, turistas y cicloturitas en la Place du Marche (3).
Junto al recinto educativo se encuentra uno de los cuidadísimos parques de esta pequeña ciudad. Céspedes intentos, muy uniformes, salpicados con coloridas flores amarillas, rojas o azules junto a las tranquilas aguas del Süre y la frontera. Un camino junto a la orilla por el que pedalear, patinar, correr o sencillamente pasear completa esta atractiva parte de una Echternacht de la que nos despedimos, como también de este distritito de Grevenmacher (uno de los tres de Luxemburgo) del que forma parte.

El Orangerie, un parque y un edificio de inspiración francesa y levantado a mediados del siglo XVIII. Se encuentra junto a la Abadía.
Parques junto a la Abadía.
Otra vista del parque anexo a la abadía.

Paseo fluvial junto al Süre. A la izquierda, Alemania.

Paseo fluvial junto a las aguas del Süre. En la otra orilla, que se intuye enfrente, el estado alemán.
Vianden apenas tiene 1.500 habitantes, pero rebosa vida. Varios negocios hosteleros de estética medieval nos permiten intuir que es un destino turístico interesante para un perfil de gente veterana y con buenos sueldos. Los coches que nos cruzamos lo confirman. Pero además de la quincena de hoteles del pueblo (nada mal para su tamaño), también hay más económicos campings y albergues juveniles.
El núcleo urbano, estéticamente muy uniforme y respetuoso, tiene dos partes. Una, la alta, a los pies del castillo. La apariencia de este “barrio alto”, realmente ciudad medieval, es la típica de los viejos pueblos en pendiente: calles estrechas, fachadas estrechas… Restos de murallas en las colinas cercanas nos avisan de que en otro tiempo esta zona estuvo completamente amurallada. La Grand Rue, calle principal que atraviesa el pueblo, una buena rampa empedrada por cierto, nos deja en el antiguo puente que atraviesa las aguas del río Our (Pont du Vianden).

El castillo en lo alto. El pueblo "más nuevo" abajo, junto a las aguas del río Our. A la izquierda se intuye el arranque del teleférico.
Estamos en el Vianden bajo, más “moderno”, llano y con casas más amplias. Es el Vianden, por cierto, donde habitó el escritor Victor Hugo. El pueblo presume del francés y la que fue su residencia en 1871, junto a la iglesia de San Nicolás (levantada por los templarios en el siglo XIII, aunque varias veces reconstruida por incendios y otras fatalidades), acoge un museo. Enfrente, al lado del puente sobre el Our, una estatua se encarga de recordar que el genial literato galo ha sido también uno de los ilustres de este histórico núcleo urbano. Otro atractivo de Vianden es el teleférico que une el valle labrado por el Our, a 200 metros, y los montes en los que descansa su castillo, a 450 metros: el único existente en el Gran Ducado.


































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