Feria, el faro de Extremadura (diciembre 2005)


La torre del homenaje del castillo de Feria: una joya no lo suficientemente conocida.

Cierto que no son pocos los oteros, picos y atalayas que, repartidos por toda la geografía estatal, pueden presumir de ofrecer algunas de las mejores panorámicas del mundo, pero entre todos, uno, el castillo de Feria, se ha ganado el honor de ser considerado el mejor de Extremadura. Y dentro de él, su torre del homenaje de 40 metros.

Quizá sus connotaciones señoriales, las del noble que observa sus dominios, han ayudado a reforzar esa fama. Sin embargo, los hechos son los hechos y desde los muros del castillo de Feria pueden observarse una veintena de pueblos. ¡Madrecita, quién tuviera la tierra que se divisa desde el Castillo de Feria!, dicen los lugareños. En una tierra sin mar, en una tierra que muchas veces llora en el estío la falta de agua que seca sus campos, este castillo, a 679 metros sobre el mar, es un faro. El Faro de Extremadura, a apenas 60 kilómetros de Badajoz, próximo a la carretera que, desde la capital pacense, se dirige hacia Sevilla, Córdoba y Granada.


La Tierra de Barros desde el acceso al castillo.

Su posición es privilegiada. Las fértiles llanuras de la Tierra de Barros chocan, de golpe, con la Sierra del Castillo, en la que se asienta la villa de Feria (504 m) y que es la parte más septentrional de una sucesión de modestos sistemas montañosos de poca altura, pero muy quebrados, que se extienden, casi, hasta la provincia de Huelva, repartidos entre varias comarcas de la provincia de Badajoz. Tierra de dehesas, carbón vegetal y embutidos caseros.





De arriba a abajo: Feria, vista desde el ascenso al castillo; los cercanos pueblos de La Parra y La Morera, en ese pequeño valle magnífico para el paseo.

Esa situación de la fortaleza, envidiada y caprichosa, ha promovido la presencia humana desde tiempos antiguos. Hasta los casi 1.400 habitantes del pueblo actual, por la zona han pasado celtas, romanos, godos, árabes… Fueron estos últimos lo que erigieron una construcción defensiva en el lugar donde, después, se levantó el castillo. En el siglo XIV Enrique III de Castilla entregó varios terrenos al caballero Gomes Suárez de Figueroa y se inició el señorío de Feria, que después pasó a ser condado –en esta época, mediado el siglo XV, se levantó el castillo- y, posteriormente con Felipe II, ducado (1567). En torno a él se gestó un foco de poder que se aprovechó de los recursos de los territorios colindantes.


El castillo, visto desde el hotel-restaurante La Cruz del Real.

Llegar hasta su entrada hoy es más fácil que en tiempos pasados. Pero el acceso, asfaltado desde el pueblo, no puede evitar las fuertes pendientes que rozan los dos dígitos en el especial paso por el casco urbano hasta la llamada Cruz del Real; y escribimos estas líneas con conocimiento de causa después de sufrirlas alguna que otra vez dando pedales. El empedrado teletransporta a épocas de inquisición, pícaros y espadas por calles en los que cada rincón tiene su particular encanto…. como pasa tantas veces en este país que nunca se acaba. Una parada, en todo caso, inevitable.


Escultura que preside la entrada a la Iglesia de San Bartolomé (arriba). Contrastes: las monturas del hoy, para el ocio, con las del ayer que también siguen vigentes hoy, para las labores.


Interior de la Iglesia de San Bartolomé: vista del retablo de su altar mayor.

La Iglesia de San Bartolomé y su bello interior, el Rincón de la Cruz, el Pilar de Zafra o la Casa del Concejo son otros atractivos monumentales que reclaman su protagonismo a los pies del Castillo, desde el que, dicen los lugareños, se observa el pueblo con una curiosa forma de lagarto gigante. De la Iglesia, del siglo XV, resulta curiosa su decoración renacentista que incluye símbolos del zodiaco.


El cruce que debemos tomar a la derecha para entrar en el "centro" del pueblo y subir hasta el castillo.

El senderismo, el parapente (en la vecina La Parra), la bici de montaña o el simple disfrute de su gastronomía, con especial mención para sus productos procedentes del cerdo ibérico, son algunas de las excusas que pueden empujar al turista hasta la capital del ducado y su castillo. Un buen sitio para tomar un refrigerio está justo en lo alto del pueblo, en la carretera que juega con la montaña para rodearla y llegar a la entrada del castillo; entrada, por cierto, que ofrece grandes vistas hacia los pueblos de La Parra y La Morera, un microvalle (no estamos en una zona de altísima montaña) realmente precioso para pasear o pedalear: el Hotel-Restaurante La Cruz del Real. Este establecimiento recupera un antiguo edificio que fue concebido como ermita, pero acabó ejerciendo de hospital para mendigos y, posteriormente, fue abandonado.


El castillo de Feria, a contraluz.

Junto a la Iglesia de San Bartolomé, a mano derecha si veíamos su portada de frente, se encontraba otro local que era una auténtica joya que conocimos bien tempranito una fría mañana de invierno en la que íbamos a disfrutar de la zona en bici de montaña. Aquel establecimiento, cuyo nombre no recordamos, era uno de esos bares sin reformar lleno de encanto, con tu mobiliario más propio de la serie Cuéntame que de estos tiempos actuales. El café que salió de su decana cafetera no será fácil de olvidar por el calor especial que nos aportó. Ahora, así lo pudimos comprobar la noche del verano de 2009 en la que fueron al pueblo a actuar en directo Los Chunguitos, de aquel local vetusto no queda nada. El testigo, tras una pertinente reforma, lo ha cogido el reformado Bar Ancla Chami.


Dos imágenes de dos calles de Feria: la empedrada y empinadísima Pilar de Zafra es la de arriba.


Vista del castillo de Feria (centro) y su privilegiada posición desde la carretera que une Santa Marta de los Barros y Almendralejo.

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