
El del vino es todo un mundo que se lleva bien con la gastronomía, hace buenas migas con el turismo y puede hacerlas con el deleite de una hermosa panorámica. Y en esa propuesta andan desde septiembre de 2010 por los pagos de Vila Nova de Gaia, frente a Oporto, en una experiencia vínica, culinaria y visual.Y todo a un tiro de piedra en avión (una hora de vuelo y once kilómetros desde el aeropuerto Francisco Sá Carneiro) que tuvimos la suerte de conocer por un compromiso laboral. Nuestra idea de Oporto se va hacia lo que se considera Grande Porto, la ciudad y su periferia, la segunda concentración de habitantes del país tras la de Lisboa y un nombre histórico del fútbol europeo (al Boavista, el otro club de Oporto, está en horas bajas, descendido por problemas económicos). Pero no. La ciudad es mucho más pequeña. Tanto, que en términos poblacionales la segunda ciudad de Portugal tras Lisboa es Vila Nova de Gaia. Enfrente mismo, sólo separada por el Duero, quién no diría que es un mismo núcleo urbano que se extiende a ambos lados de las aguas. En la margen derecha se extiende Porto. En la izquierda, Vila Nova de Gaia. Y unidas, como si de una suerte de cordón umbilical de aires “eiffelianos” se tratase, por el majestuoso, pintoresco y fotogénico puente de Luis I.

Amanece, un sábado de febrero, y algunas brumas ocultan el Mosteiro da Serra do Pilar.

Vistas de Oporto, el Duero, Vila Nova de Gaia y el Puente de Luis I, desde la terraza del bar del hotel The Yeatman.

El acceso principal a The Yeatman, desde la rúa do Choupelo.

El Hall del The Yeatman, con un Baco presidencial.

Uno de tantos rincones que invitan a la lectura o la conversación.

La fisonomía aterrazada del The Yeatman, que se inspira en las terrazas donde se asientan muchos viñedos.

La biblioteca, que también es un espacio habilitado, el único, para fumadores. "Algunos amantes del vino no descuidan un buen puro", nos comentaban algunos de los directivos del hotel.

El pequeño (55 plazas) pero elegante restaurante del The Yeatman, donde disfrutar de las creaciones del chef Ricardo Costa. Los almuerzos aquí se dilatan por una hora y media o dos. Es un sitio, nos cuentan, para disfrutar y en el que no hace falta ser un experto en vinos.

Ropa tendida en una terraza junto a la bandera de Portugal que ondea cercana en medio de construcciones de mucho encanto. Vistas sobre Vila Nova de Gaia.

La piscina al aire libre del The Yeatman, con vistas impresionantes sobre el Duero y Oporto.

Otra vista de las diferentes plantas del The Yeatman.
Nos encontramos allí donde se concentran centenarias bodegas (34 de las 50 principales marcas están aquí) en las que aún dormitan algunos de los mejores caldos de Port, entre una deliciosa red de empedradas callejuelas que ascienden por la ribera izquierda del Duero, la productora de las marcas Croft, Taylor y Fonseca inició en septiembre de 2010 la aventura temática del The Yeatman, un hotel vinícola bautizado así por Dick Yeatman, uno de los grandes dentro del sector angloluso del vino. Los caldos orientan las propuestas sabores y texturas que propone la cocina de Ricardo Costa, forjador de toda una estrella Michelín en su anterior cocina (las estrellas se quedan en el restaurante, no viajan con el chef, nos parece interesante la matización). Pero también se dejan ver por la zona de spa y masaje como vinoterapia e incluso condicionan la fisonomía misma el recinto, distribuido en terrazas como muchos de los viñedos que alimentan las barricas. Hablamos de unos 13.000 metros cuadrados de instalaciones más otra cantidad similar de jardines y perímetro.

El entorno del The Yeatman está copado por viejas bodegas, la mayoría visitables.

Este "telescopio" procede de un barco japonés, como se aprecia en una placa, y nos permite acercanos al "cercanísimo" Oporto y el río Duero.

Oporto, preciosa vista que invita al relax presidida por su Palacio Episcopal y su catedral.

Piscina cubierta, en la zona de spa y masajes; también con vistas magníficas sobre la ciudad.

Esto sí que es "una habitación con vistas".

Habitación 109, la apadrinada por DFJ Vinhos.

Otra habitación del The Yeatman, la Taylor´s Port.

Cama giratoria de una de las mejores habitaciones del The Yeatman, una suite bautizada como Bacus.

Un plato de degustación del chef Ricardo Costa.

Montaje de exposición de diferentes caldos en la tienda de vinos del The Yeatman.

Otra propuesta de Ricardo Costa. En todos sus platos siempre se tiene en cuenta con qué vino se va a tomar. En base a los posibles candidatos, busca potenciar sabores y texturas a partir de muchos alimentos típicos de la cocina portuguesa.

La bodega Taylor´s, en primer plano en un panorama dominado por las instalaciones de otras marcas.
Aquí en el The Yeatman no hay carta, hay wine book con más de 1.000 referencias. Todos los jueves se celebran en el pequeño comedor del The Yeatman las llamadas cenas vínicas, donde cada semana colabora uno los 64 productores asociados y para la que el chef Costa implementa un menú único e irrepetible. Estos parceiros, tan vitales en el proyecto que apadrinan las 82 habitaciones del hotel y personalizan sus decoraciones con botellas gigantes o cabeceros de cama construidos con viejas barricas, nutren buena parte de las 26.000 botellas de la bodega. Puede resultar pocas, de primeras, esas 82 habitaciones (once de las cuales son suites), una cantidad fijada adrede. Cada una, con unos 40 metros cuadrados de espacio más otros diez o veinte de terraza, es un espacio más concebido para el relax. ¡Cómo será que hasta los ascensores están decorados con una reproducción panorámica de los viñedos del alto Duero o el interior de una de las cercanas bodegas!

¡Una calle muy estrecha para que pasen camiones!

Los carromatos, antiguamente, o las carrinhas o las furgonetas, más actualmente, sí podrían circular por aquí. Muchas viejas marcas se han trasladado al extrarradio de Vila Nova de Gaia, a instalaciones más modernas, pero conservan las viejas bodegas como lugar de cría de algunos de sus mejores caldos y como atracción turística visitable.

Bodegas Offley. ¡Estamos muy cerca del paseo fluvial!

Una fachada de la parte baja de Vila Nova de Gaia.

Sandeman, una de las marcas de Oporto más reconocidas y con un importante nexo de unión con Jerez de la Frontera.

Bodegas Calem, bajo el Mosteiro da Serra da Pilar y junto el Puente Luis I.

Espectacular Ponte Dom Luíz I, con algunas de las barcas que transportaban los caldos por el Duero.

Muchos carteles de bodegas bajo parte inferior del tablero del Puente y el Mosteiro da Serra do Pilar.

La ribeira de Oporto.

Cruzamos el Puente de Luis I, ciertamente estrecho y muy concurrido por corredores y ciclistas.

Pequeña concentración urbana, ya en Oporto, hacia la avenida de Gustavo Eiffel.

Una visitante fotografía uno de los pilares del emblemático puente de Luis I. Al fondo a la izquierda se intuyen los puentes de María Pía (primer planho) y el de S. Joao.
Lo de Port viene por cómo conocen los ingleses tanto la ciudad como el vino. Para los portugueses, estamos en Porto. Pero fueron los primeros los que revolucionaron la industria vinícola de la zona. Hasta tal punto llegó el asunto que lograron la primera denominación de origen de la historia, en 1756. Cuentan que el nacimiento del Oporto, un vino más amigo de dulces que de la mesa, fue casual. O al menos hijo de la necesidad. Los vinos, durante su viaje hacia Inglaterra, muchas veces se echaban a perder en la travesía. Los comerciantes idearon el añadirle aguardiente de uva (spirit) durante la fermentación, con lo que el caldo se asienta con azúcar natural de la uva y se vuelve más resistente. Así se podía aprovechar la bondad climatológica de una zona que garantizaba un envejecimiento lento y armonioso antes de transportarlo al mercado inglés. Y así se configuró un tipo de vino que resumen tres características: es dulce, es altamente alcohólico y es fuerte. Son dos los métodos de envejecimiento del Oporto: o en madera, ya sea tonel o cuba de roble, o en botella, el método de parto del vintage, un caldo esepecial porque pertenece a años en los que la vendimia se ha considerado “excepcional” (la última vez, en 2007) y para el que la uva se pisa según el método tradicional.

Fachadas en el paseo fluvial de Oporto.

Junto al Puente de Luis I, los pilares de granito del Ponte Pênsil, un puente que estuvo en servicio entre 1843 y 1887 y del que se conservan estos y la casa del guarda, donde se cobraban las tasas de paso; según la Wikipedia: cinco reales por transeúnte, 20 por caballo y 40 por carro, tarifas que se doblaban por las noches.

Un arco en la Ribeira que a través del Muro dos Bacalhoeiros da acceso a la rúa da Lada y el laberíntico barrio de Barredo. A la derecha, la placa conocida como alminhas da ponte, una placa que recuerda los centenares de personas que perdieron la vida el 29 de marzo de 1809 en el Puente das Barcas tras un ataque de las tropas de Napoleón, comandadas por el Mariscal Soult.

Galería con techo de madera que desemboca en la praça da Ribeira y transcurre paralela al Cais da Ribeira (muelle de la Ribera).

Coloridas y estrechas fachadas con mucho encanto en la praça da Ribeira.

La iglesia de la Ribeira, con su fuente.

Una hermosa rúa cercana a la praça da Ribeira, Sao Joao.

Praça Infante Henrique, con la Bolsa al fondo.

Junto a la plaza anterior, la rúa de Mouzinho da Silveira.

Vistas desde Largo de Santo Domingos.

Una gaviota, ave con más presencia que las palomas, anda por el característico firme empedrado luso de la rúa Infante D. Henrique.

Rúa de Belmonte.

Bajando por S. Joao hacia la praça da Ribeira y el Duero. Al fondo, Vila Nova de Gaia.
Y siempre, a nuestros pies, el pausado discurrir del Duero y su banda sonora de lejanos tañidos de campañas, rumores de un tráfico intenso o los cercanos graznidos de gaviotas y cánticos avícolas mucho más modestos. Enfrente, de postal, Oporto. La ciudad del trabajo, que le dicen y por lo que se enorgullece. Su barrio de Ribeira.Su casco viejo patrimonio de la humanidad, donde su catedral, la anárquica distribución de sus coloridas y muchas veces estrechas construcciones y la silueta de la Torre de los Clérigos o la minúscula y no menos pigmentadísima Praça da Ribeira llaman nuestra atención; aunque no tanto como el muelle de la Ribeira (Cais da Ribeira) o el emblemático Puente de don Luis I, inaugurado en 1886 y obra de un belga, Theópile Seyring, discípulo de Eiffel. La gran atracción de Oporto, su gran referente iconográfico. La imagen, en suma, de la ciudad. “Cualquier momento en que no se está bebiendo Oporto es una pérdida de tiempo”, le atribuyen a Percy Croft, el último de los miembros de la saga Croft. Diríamos más, por aquello de que a muchos no les gustará el vino. La perdida de tiempo es no viajar a Oporto a perderse por sus callejuelas y las de la cercanísima Vila Nova de Gaia.

Preciosa callejuela.

Un viejo tocadiscos, en la terraza de un pequeño café en el Cais da Ribeira.

Un ave observa el Puente de Luis I (fuera de cuadro), con el Duero y Vila Nova de Gaia al fondo. La torre blanca que aparece en el medio es la de un nuevo proyecto de inminente puesta en marcha: un teleférico que surcará la orilla del Duero, con vistas sobre las bodegas y la ciudad de Oporto.

El puente de Luis I, desde una terraza de la Ribeira.

Caminando entre bodegas por las fuertes pendientes de la empedrada rúa do Choupelo.

Offley. Muchas bodegas tienen nombres británicos. Los ingleses fueron los grandes impulsores de la industria vinícola de Oporto.

Bodegas Croft, una de tantas visitables en Vila Nova de Gaia, con el plus de que fue la primera que se estableció aquí. En temporada baja, nos contaba una guía de Panamá, reciben unos 200 visitantes diarios. Sólo en agosto por sus galerías unos 11.000 viajeros. Este almacen es conocido como Terreirinho.

Barricas centenarias de Croft en el llamado almacén Terreirinho, con más de 140 metros de largo. La empresa comenzó a exportar en 1678 bajo la denominación Phayre & Bradley y posee la actual denominación desde 1736. Sus propietarios son los Yeatman y los Fladgate.

En la recepción, una foto aérea de la finca en la que se encuentran las vides que alimentan las barricas de Croft: Quinta da Roêda. Uno de los secretos de su calidad está en las viñas, con profundas raíces dado su cultivo en terrazas sobre el Duero. Sobre la Quinta (en portugués se llama así a toda finca con viñedos) escribía el poeta Barral: "Si esta región de vino fuera un anillo de oro, Roêda debería ser el diamante".

Barricas.

Probando los Croft. El pink, lanzado en 2008; el ruby, un reserva con entre cuatro y cinco años de crianza; el blanco, un caldo más para aperitivos, y el towny, de diez años y con aromas de miel y caramelo.

Excepcional reportaje. Lástima de precios del Yeatman...
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