
Con motivo de un viaje de trabajo tuvimos la oportunidad de descubrir durante unas horas la hermosa ciudad belga de Gante. Solventados los compromisos, pues ya se sabe que primero está el negocio y luego el ocio, nos planteamos un recorrido por el centro de este importante núcleo de la Bélgica flamenca, capital del Flandes occidental y cuarta ciudad del país a la que llegamos en taxi desde el aeropuerto de Bruselas Sur, un eufemismo que realmente se encuentra en Charleroi y en que Ryanair se mueve como Pedro por su casa con un tirón cada vez más creciente. Por cierto que existen otras vías para evitar el taxi, pero en nuestro caso fue por una cuestión de planning; sirva de información, pues seguro que puede resultarle de utilidad a alguien, que entre Charleroi y Gante existe una tarifa fija de 125 euros. Al menos ésta es la que aplica la flota de vehículos Vtax, donde puedes encontrarte viajando en un comodísimo Cadillac.

El Leie, con el barrio de Korenlei al fondo.

Un poblado aparcamiento para bicicletas: una estampa muy habitual en una ciudad muy ciclista.

Sugerente cervecería en la calle Nederkouter, esquina con Bagattenstraat.

... y disfrutando de una Westmalle exquisita.
Gante es el nombre en castellano de la oficialmente Gent (flamenco), también conocida como Gand (en francés) o Ghent (en inglés). Se encuentra a medio camino entre Bruselas y Brujas y está bañada por dos ríos, el Leie (Lys, en castellano) y el Schelde (Escalda) que configuran su vertiente más canalesca. El hecho de que varios idiomas se hayan tomado la molestia de amoldar para sí una nomenclatura propia adelanta dos hechos a considerar: que turísticamente tiene mucho tirón, por un lado; que históricamente ha gozado un enorme protagonismo. Y ambas cuestiones, entrelazadas, salpicadas de un gran vínculo con lo español ponen de relieve la majestuosidad de sus calles y fachadas más céntricas, un océano de callejuelas empedradas donde reinan las bicicletas, el principal medio de transporte de una ciudad que también se mueve a ritmo de tranvía, y los anuncios de algunas de las más de 450 variedades de cervezas existentes, cada una con su vaso propio.

El Ketelbrug.

El adoquín, un firme en dura pugna con el asfalto en las ciudades belgas. En la imagen, la Kortrijksepoortstraat.

Sucesión de casas en la calle Nederkouter.

Un frondoso solar en la calle Nederkouter.

El tranvía, un medio de transporte muy popular en Gante.

Atrayente fachada de una cervecería en la esquina entre Kortrijksepoortstraat y la avenida Charles de Kerchovelaan.

El Leie, a la altura del barrio de Henleykaai.

Embarcaciones amarradas en uno de los numerosos muelles del Leie.

Neermeerskai.

Ojo la decoración de la furgoneta. Auténtica.
El céntrico hotel en el que nos hospedábamos, el NH Gent Belford (calle Hoogpoort, nº 63), un edificio moderno junto al gótico stadhuis (ayuntamiento) lleno de guiños cómplices con el cliente, nos facilitó el poder conocer algo más de Gante, el interactuar con sus parroquianos, el recorrer sus calles y plazas y el disfrutar, pues no es posible otra actitud, de sus variadas cervezas. A diferencia de otros lares donde el inglés no está tan extendido como se podría imaginar, aquí nos será un aliado eficaz. Todo el mundo habla inglés, es paciente para entender al interlocutor y se hace entender. Su carácter turístico, además, nos dará alguna que otra sorpresa; primero porque los visitantes españoles son habituales, como pudimos comprobar; segundo, porque incluso existe una ingente colonia española en Gante. Sirva como anécdota que por la noche, cenando en la Brasserie Belga Queen -un afamado restaurante ubicado en el histórico Graslei, de interior moderno y fachada histórica-, dimos con una simpática tinerfeña que residía en Gante por amor. Otro apunte relacionado con la vida nocturna: es intensa, fiel a una ciudad universitaria y joven, pero los horarios de los restaurantes se mueven más a los hábitos de Centroeuropa: no apuren la hora para cenar.

Detalle de un espejo de la habitación.

Las puertas del ascensor del hotel.

Vistas desde la ventana del pasillo que daba a la puerta de nuestra habitación.

Fachada del ayuntamiento.

Detalle de la fachada del ayuntamiento.

Ayuntamiento de Gante.

Vasos de jenevers, o ginebra. En Bélgica se destilan varios tipos de gradación variable e incluso hay un local, el Druppelkotl, que fabrica sus propios licores. La gente se coge unas melopeas importantes y cumplen con la tradición de aliviarse en el canal. Por cierto, en Bélgica no se llevan los churros para desayunar tras una fiesta: más bien les van las patatas fritas.
Cerca de nuestro hotel, caminando por la peatonal Hoogpoort Straat e ignorando por el momento las seductoras callejuelas que nacen a nuestra izquierda en dirección a la Vrijdagmarkt (la plaza del mercado de los viernes) alcanzamos la pequeña GroetenMarkt, con su Lonja de la carne presidiendo, y el Vleeshuuis Bruig, puente que salva las aguas de un Leie en torno al que se ha gestado la vida comercial de la ciudad durante siglos. Estamos en el llamado Historisch Centrum (Centro histórico), muy cerca de una evocadora zona de muelles que a un lado del río es conocida como Korenlei (muelle del trigo) y al otro, como Graslei (muelle de los herboristas). Recuerdos de las actividades comerciales de uno y otro margen.

La grafitera calle Werregaren, una incursión obligatoria.

Lonja de la carne.

Una concurrida plazoleta de Gante.

Lateral de la lonja de la carne. Visto con otros ojos, se da un aire a una calavera.

Animado rincón junto al canal. El del cartel rojo es el recomendable Druppelkot.

Otra fachada de gran atractivo visual.

"Los canales de Gante".
A nuestra retina le sorprendió más el castillo de los Condes de Flandes, el Gravensteen, un sobrecogedor recinto pétreo en pleno centro de la ciudad y protegido en gran parte, en un ejercicio de amoldarse al entorno, por las aguas del Leie. Impulsado por Felipe de Alsacia, quien murió en las Cruzadas, fue construido en el siglo XII, centro de poder medieval, cuna del sentimiento independentista nacional y hasta centro de procesado de algodón en el siglo XIX, cuando se encontraba en desuso. La fortaleza actual, sin embargo, es un pequeño testimonio de lo que fue un edificio mucho mayor en el que cuentan que nació Carlos I de España y V de Alemania. La entrada normal se mueve entre los 6 y los 8 euros, si escogemos o no una guía auditiva interactiva.

El castillo, con una escultura del león del escudo en primer plano.

El castillo, visto desde la calle Gelmunt.

Vista más detallada de la entrada a la fortaleza.

Un castillo de claros aire medievales.

Una paloma se asoma por una especie de desagüe.
En la Sint-Veerle Plein, plaza que crece junto a las puertas del castillo y el lugar en el que se ejecutaba a los condenados a muerte, encontramos la sobrecogedora fachada barroca del Mercado del Pescado (De Vismijn). Preside Neptuno desde un carro tirado por dos tritones y con una representación de los ríos de la ciudad, el Leie y el Escalda, justo debajo. Lástima de unas obras que afectaban al edificio, una de tantas de las que se estaban desarrollando en el centro de la ciudad.

Plaza de Sint Veerle: escultura de un león, protagonista de la bandera de flandes.

El barroco Mercado del Pescado.
No muy lejos del castillo, tan cerca como cambiar de acera en la Geldmunt, optamos por sumergirnos en una de las numerosas callejuelas que parecen profundizar hacia el interior. Se trata del Patershol, uno de los barrios más antiguos de Gante y sede del gremio de los curtidores. El progresivo cese de esa actividad con el avance industrial varió la intensa vida de sus calles y a partir del siglo XIX era más bien el lugar que aglutinaba a las clases más bajas y desfavorecidas. Las autoridades le metieron mano al asunto y hoy en día un centenar de sus casas, históricas fachadas con siglos de vida, cuentan con protección gubernamental. En el Patershol podremos encontrar una amplia oferta de restaurantes y cervecerías; incluso nos topamos, guiados por una bandera española ondeando en su entrada, con la Casa de las tapas (Corduwanierstraat, nº 14).

Una callejuela del barrio de Patershol.

Otro rincón del pintoresco barrio de Patershol.

El adoquinado del firme le resulta muy atractivo a alguien que ama las clásicas ciclistas belgas.

El Patershol es una zona con gran cantidad y variedad de restaurantes.

Otro rincón particular.

Menuda sorpresa: un bar español.

Parada para degustar una Gruut.
La segunda (y última) parte de "Un ratito para descubrir Gante" >>>>>

Qué buena pinta!! Sabes si hay alguna forma de llegar en tren desde Charleroi? Gracias y... buenos viajes!
ResponderSuprimirBuenas, anónimo, y gracias por tu comentario.
ResponderSuprimirIndicarte que la red ferroviaria belga es muy completa. Existe esa opción, pero has de llegar a Charleroi ciudad bien vía bus (nº 68 o el A, si no recuerdo mal) bien vía taxi. El bus viene a tardar unos 10/15 minutos.
La ruta que seguro existe es la de Charleroi-Bruselas, pero no descarto que exista la Charleroi-Gante. Te llevará más tiempo.
¡Buenos viajes, anímate y no dudes en reflejar aquí tu experiencia!
El país que nunca se acaba