
Uno de los "nuevos" lagos que fluyen entre La Reineta y La Arboleda y sus seductoras, pero peligrosas, aguas turquesas. Al fondo, el moderno repetidor del Argalario.
Apenas a una veintena de kilómetros de Bilbao, el paraje de La Arboleda, en plenos Monte de Triano (su techo, el Ganerán, mide 822 metros) y en plena comarca de Las Encartaciones, es una visita obligatoria si viajamos a tierras vizcaínas. Testimonio excepcional del pasado minero de la zona, buena parte del desarrollo industrial, especialmente el vasco, comenzó a forjarse en sus explotaciones de hierro que, aunque se remontan en el tiempo muchos siglos con un carácter muy artesanal, encontraron su período de máximo esplendor entre la última década del siglo XIX y el primer tercio del siglo XX. Las vetas se agotaron a mediados de éste último y el trabajo hizo lo propio durante las décadas de los 60 y los 70. Según hemos podido leer, el último que echó el cierre fue el Pozo de Bodovalle, en Gallarta, en 1993.

Contrastes del gran Bilbao, el Bilbo Handia: con la capital vizcaína y Barakaldo. Son varios núcleos, pero aparentan ser sólo uno. Aquí vive casi 900.000 personas, la quinta concentración de habitantes más grande de España.La margen izquierda siempre fue la industrial y la derecha, la residencial. En décadas pasadas el contraste tuvo que ser mayor.

Abajo, Trápaga (izda), donde comienza la subida a La Arboleda.Al fondo, la desembocadura de la ría y, en torno a ella en la orilla occidental (Santurce, Portugalete y Sestao) y la oriental (Getxo y Algorta).

De dcha a izqda, en primer plano, los pueblos de Trápaga, Ortuella y Gallarta. Estamos en el Valle de Trápaga, Trapagarán. Al fondo, a la derecha, el Monte Serantes (451 metros), otro gran mirador y un habitual de rutas senderitas que incluye restos de fortificaciones del ejército español.
Allí, en esos montes que son un mirador único sobre el gran Bilbao y el Cantábrico, unos 400 metros de altura sobre el mar permiten la perspectiva, floreció el fruto mineral que permitió el nacimiento de los Altos Hornos y la fortuna de alguna que otra familia vizcaína. Arriba, en las montañas, decenas de pequeños barrios levantados en tornos a las diferentes minas. Abajo, en el valle los pueblos de Gallarta, Ortuella y Trápaga, de gran renombre mineril.
Desde aquellos tiempos, , la zona ha variado bastante: los barrios, cuya fisonomía de comienzos del siglo XX denota que estaban levantados para satisfacer la mínima necesidad del lecho y poco más, muestran variedad cromática en su fachada y esconden algún que otro restaurante (llegó a haber 24 establecimientos hosteleros) para disfrutar de sus alabadísimas alubiadas y un pika (cerveza con limón, en vaso ancho y por unos 3 euros) y muchos de los pozos mineros (las explotaciones eran al aire) han acabado anegados por el agua para dar forma a paradisíacos lagos de aguas turquesas en cuyo lecho, por las corrientes, esconden trampas mortales; donde antes había trabajo sacrificado y condiciones muy duras, hoy emergen merenderos y muchas posibilidades de ocio activo. Pocos vestigios quedan, eso sí, de las líneas de vagonetas, los cargaderos y otras infraestructuras. Su recuerdo más firme se encuentra cerca de La Arboleda, en el museo minero de Peñas Negras.

El entorno de La Arboleda.
Hasta el tren que se construyó en 1926 entre el barrio de la Larreineta (a 400 m) y el de La Escontrilla (62 m), ese mismo en el que, salvando un trayecto de casi 1,2 km, bajaban los camiones cargados de mineral hasta Trápaga para enviar el fruto de la tierra a las fundiciones, hoy se ha convertido en un funicular de uso turístico, modernizado en la década de los 80. Ese tren, ideado por Jaime de Orue y Olavarria ya en 1912, fue un mal necesario: los vehículos de la época necesitaban más de una hora para recorrer la sinuosa carreterucha de 8 kilómetros que subía desde el valle hasta las explotaciones.

Una de las últimas herraduras de la carretera que asciende desde Trápaga hasta La Reineta.
Hoy esa carretera es muy transitada, especialmente los fines de semana, tanto por los visitantes que acuden a la zona como por los ciclistas que disfrutan de sus pendientes: alguna rampa del 10% y una media constante entre el 5 y el 6%. En La Arboleda la historia cambia si nos encaminamos hacia su cementerio por una cuesta llamada La Lejana: rampas del 16 y el 18%, como ya se ha podido disfrutar en alguna etapa de la Vuelta al País Vasco, hacen de las suyas. El firme es buena y las vistas, espectaculares.

Vista de la zona desde la entrada del cementerio de La Arboleda. Al fondo, La Reineta (izda) y Barrionuevo-Parcocha (dcha). Los lagos, en el lado derecho de la imagen, no se ven: hay una buena depresión que permanece oculta a la cámara.
Desde Larreineta, donde llega el funicular, aún queda un trecho para alcanzar La Arboleda. Existen microautobuses que hacen este recorrido de un kilómetro o kilómetro y pico, pero lo más recomendable es pasear y capturar los miles de detalles posibles: el verdor de todas las montañas, las construcciones, el mastodóntico repetidor de televisión que preside el cercano Pico Argalario, algún que otro caserío desperdigado… y las lagunas de Parcocha y de Ostión, cuyo nombre procede del de las antiguas minas que acabaron inundadas, fruto de filtraciones, y dieron paso a lagos que reúnen hoy en día a los amantes de la pesca.

Laguna del Ostión.
También a los del golf. Muy cerca, un campo público, el de Meaztegui, supervisado por Severiano Ballesteros, permite a los aficionados a este deporte jugarse unos hoyos en un entorno incomparable.

La plaza principal de La Arboleda.
El poblado de La Arboleda emergió de un conjunto de cochambrosos barracones en los que las primeras oleadas de trabajadores de la mina, muchos de ellos emigrantes, descansaban. Había tanta actividad en los lechos como en las excavaciones, con el turno de cama caliente que no daba margen: o se trabajaba o se dormía. Ese núcleo fue creciendo en torno a una plaza, llamada de La Magdalena. Y con el trabajo, y las mejoras que, arañazo a arañazo, huelga a huelga, mantuvieron los mineros a finales del siglo XIX, La Arboleda prosperó al son de sus inquilinos.

La Arboleda: entrada principal al núcleo urbano.
Se creó un hospital, el de Matamoros (casi en ruinas cuando estuvimos en la zona), para atender los heridos de un trabajo tan exigente. Pero también se levantó una iglesia, se establecieron escuelas y hasta un cuartel de la Guardia Civil,… Las construcciones de madera, carentes de toda personalidad en sus fachadas, fueron dando paso a construcciones de piedra o de ladrillo.

Otra pequeña laguna artificial, cerca de La Arboleda.
La fealdad de los edificios más funcionales se difuminó y lo estético se camufló algo entre lo útil. Los aires de barracón se esfumaron y, tras tres décadas de reinvenciones, los colores dominan las fachadas, incluso las de madera que han sobrevivido. Esta evolución generó necesidades de material y algunos de los bosques de la zona pasaron a mejor vida. El hombre modificó una vez su entorno a su antojo: serró, excavó, labró… Y de todas aquellas actuaciones la sabía Tierra evolucionó a la fisonomía actual de la zona. La Arboleda, eso sí, quedó en un topónimo no exento de ironía, aunque en los últimos tiempos se han realizado repoblamientos y hasta podemos encontrar rebaños semilibres de caballos y ovejas latxas pastando a su libre albedrío.

Una imagen de la zona cercana a La Arboleda, rumbo hacia los viejos barrios de Triano y Picón.
El que, para muchos, tuvo que ser un infierno de polvo, piedra y calamidades, es en el presente un pequeño paraíso para disfrutar del senderismo y la relajación… Y para comprobar cómo el planeta se regenera, lentamente, ante las modificaciones del entorno que hace el ser humano.

Un caballo autóctono pace junto a una de las pistas forestales asfaltadas que parte de La Arboleda hacia algunas explotaciones ganaderas de la zona. El entorno en esta zona de Las Encartaciones es espectacular.

Vistas sobre los Montes de Triano desde el barrio de Kabiezes de Santurce/Santurtzi.

La noche, con vistas a los Montes de Triano. La hilera de luces se corresponde con el recorrido del famoso funicular que une La Escontrilla y Larreineta.

Un desenfocado de aires cúbicos.

Los Montes de Triano, desde el barrio de Kabiezes.

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