Un chocolate en Dinant, la puerta de las Ardenas (mayo de 2009)



Es hablar de Bélgica y la mente nos traslada a la cosmopolita Bruselas; o a las ciclistas Huy, Lieja o Bastogne; o a las monumentales Namur y Gante. Grandes núcleos que eclipsan otros muchos más modestos en dimensiones, pero igual de evocadores y atrayentes. Dinant, pequeña ciudad francófona de 13.000 habitantes a una veintena de kilómetros de Namur, es uno de esos ejemplos.


Paisajes y casas en torno al Mosa.


Se nota que estamos en Bélgica.


Los exteriores de Dinant.








Una estilizada vivienda.


Los ciclistas, profesionales y no, paran en las terrazas en una soleada mañana de mayo para disfrutar un chocolate caliente.

La ciudad en la que nació el inventor del saxofón (Adolphe Sax, que cuenta con un museo en su casa natal) se ubica junto a las plácidas orillas del río Mosa (Meuse, en francés), el verdoso cauce que retuerce más aún las ya de por sí quebradas Ardenas en su recorrido hacia el Mar del Norte, en el que desemboca. Dinant es una ciudad de fachadas estrechas, aunque coloristas, en sus casas de dos y tres alturas de tejados de dos aguas. Dinant, destino turístico entre los belgas hasta el punto de recibir el pomposo nombre de hija del Mosa, también disfruta de otra consideración: la de puertas de entrada a esa sublime región que son las Ardenas. La prosperidad comercial y su importancia estratégica, la misma que le causó algún que otro disgusto histórico, también le llegaron gracias a las aguas de su inevitable vínculo fluvial.




La esbelda Catedral de Nuestra Señora, bajo la ciudadela.



La ubicación de la catedal es un tanto diferente con respecto a otras.






Una fotografía muy repetida entre los turistas. Un bello contraste, sin duda.

La fortaleza preside Dinant gracias a un abrupto acantilado pétreo erosiado por el agua en un pasado muy muy lejano.



Justo en el centro neurálgico de la villa, inconfundible, anexo a la plaza de la Reina Astrid, emerge un acantilado pétreo de casi 100 metros presidido en su cima por una ciudadela levantada por los holandeses, en el primer tercio del siglo XIX, sobre los restos de una anterior que los franceses, un siglo antes, se encargaron de reducir a cenizas. Las vistas son magníficas desde la cima: las construcciones parecen fundirse, unas con otras, en una disposición un tanto anárquica, hija de la particular orografía del valle en el que se asienta la ciudad. A la ciudadela podemos llegar bien en un funicular que parte junto a la citada plaza o bien a través de una escalinata de 420 peldaños arrancados a la roca. Y junto a la enorme mole rocosa, la Catedral de Nuestra Señora, un templo gótico cuyo campanario recuerda al de una edificación bizantina, o incluso rusa, y que esconde en la majestuosa verticalidad interior magníficas vidrieras.

Cartel de la plaza de la reina Astrid.


Una decisión Matrix: pastilla roja, escaleras; pastilla azul, funicular.

Decoración callejera con las figuras del saxofón, creado por un nacido en la villa.



Otra vista de la plaza de la reina Astrid.

El Mosa, en su tranquilo fluir. En esa dirección encontraremos el llamado peñón Bayard, un capricho de la naturaleza que emerge junto al río y se desgaja de la montaña los metros justos para permitir el paso de una carretera entre ambos.

Pero el sentido máximo del viaje llega cuando, tras las pertinentes lecciones de historia y arte, uno se sienta en algunas de las terrazas que proliferan junto al Mosa, por ejemplo en la avenida Eisenhower (se percibe en el callejero que Dinant también tuvo su presencia en la II Guerra Mundial) y degusta, disfrutando del constante paso de ciclistas profesionales en sus entrenamientos, de una caliente y reconfortante taza de chocolate, un producto al que el fervoroso trabajo de los artesanos belgas le ha acabado dotando de una virtual denominación de origen.

Ceda el paso, barco.

La catedral, desde una concurrida terraza.

No se percibe bien, pero ese puente es el principal para cruzar el Mosa en Dinant. Desde él hay tomadas algunas fotos publicadas en este blog. El Tour pasó por allí mismo, como pudimos comprobar en un libro con fotos que nos regaló el gran Federico Martín Bahamontes.

El chocolate que da nombre al post.

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