
Vista desde la zona de servicios del remonte que asciende a la zona del Gran Plató.
Pequeñita pero matona, el centro de esquí de La Pinilla, en tierras segovianas, no pude competir con la pujanza y el poderío de la estaciones pirenáicas o ese macrocomplejo con más de ciudad que de simple estación que es Sierra Nevada. Al menos no en oferta de servicios. Porque sí tiene en un mano plantarle cara al resto de orbe del esquí con un argumento nada desdeñable que justifica por sí solo su presencia en este blog: el de su contraste, un caso único, entre el blanco de la nieve de sus pistas, su cinturón de inmaculados bosques y ese tono entre amarillento y verdáceo que se extiende a sus pies. Un choque visual que en verano muta y ofrece unas panorámicas que confunden: parece que nos hayamos trasladado a otras latitudes mucho más lejanas.

Contrastes en el cielo.

Una imagen del entorno de la estación y las montañas bajo las que se asienta. Tapado por las banderas, el Pico del Lobo (2.273 m).

¡Menudo remonte de vértigo!
En ese contraste y la majestuosidad de su entorno, cumbres de más de 2.000 metros que, como conjuntos y subconjuntos, primero forman la Sierra de Ayllón y luego se integran en el Sistema Central, La Pinilla se convierte en un lugar que merece una vista. La primera vez que estuvimos en la estación era invierno y ese contraste panorámico del que hablábamos nos dejó un larguísimo rato embobados desde la cafetería del Gran Plató o Gran Plataforma, el área que es el centro neurálgico de la estación, una micromeseta a más de 1.800 metros sobre el nivel del mar de la que parte muchos remontes y en cuyas proximidades se concentran muchas pistas.

Ésta es la carretera de acceso a la estación (actualmente mejor asfaltada) y que une Cerezo de Abajo con La Pinilla. Su cota más alta, el desvío junto a ese pequeño complejo de casas y residencias, unos 1.600 metros sobre el nivel del mar. La estación coge a la derecha.

Una vivienda, vista entre la vegetación.
Es curioso como La Pinilla, una estación inaugurada en diciembre de 1968, ubicada en el término municipal del pequeño pueblo de Cerezo de Abajo pero gestionada por el ayuntamiento del más grande Riaza, podría pasar desapercibida a la vista si no fuera por los carteles que la publicitan. Muy cercana a la Nacional I, que abandonaremos en el desvío del kilómetro 104, y a la Nacional 100 que une Segovia y Soria, La Pinilla se beneficia de un vacile del Sistema Central: se nos presenta esta cadena montañosa como una enorme muralla y luego, acercándonos a sus cumbres, descubrimos valles, recovecos y demás. También pasa algo parecido en la zona de Arena de San Pedro, cuyas cumbres no son tan uniformes ni están perfectamente alineadas.

Otra imagen de la llamada "zona 1.500", el núcleo urbano de la estación.

Otra vista del entorno.

Las taquillas y el edificio de oficinas de la "zona 1.500".

Una quitanieves, junto al acceso a los remontes.

... Y el sol comienza a romper una gris nube que descargó agua y nieve.

Otra vista el entorno de La Pinilla.

Los remontes ascienden hacia el Gran Plató salvando mucho desnivel en poca distancia.
Debido a un compromiso laboral, regresamos a La Pinilla en septiembre de 2010. La nieve, cosa evidente, apenas resistía en un par de neveros en lo más alto del Pico del Lobo (2223 m), a cuyos pies se extiende La Pinilla. El resto, bosques y prados verdes que se extendían bajo alguna que otra nube amenazante ( y es que esta estación es muy dada a los cambios de tiempo bruscos). En medio de tanta naturaleza, las instalaciones principales de la estación, apenas una calle flanqueada por bares, establecimientos de alquiler de material, y las oficinas de la misma que van a morir a un telesilla de vértigo por el desnivel que salva de golpe, ganan mucho encanto. El mismo de su seductor contraste panorámico.

Verticales remontes. Al fondo, la "zona 1.500".

Estamos en el Gran Plató, el centro neurálgico de la estación, a unos 1.800 metros.

El entorno del Gran Plató.

He aquí el contraste: la nieve de la montaña, el amarillo verdoso de la meseta.

Otra de contrastres con bosque de transición. Precioso.
Lo cierto es que aquel sueño de José Pirinoli Gómez y el grupo de aficionados a la montaña que encabezaba, aquel proyecto que iniciaron en 1956 con los estudios previos, año a año sigue consolidándose. Son más de 40 años de estación, más de 40 años siendo una fuente económica para una zona poco poblada. Hasta un centenar de personas, casi la población de un pueblo de la zona, trabajan en ella. Entre las pérdidas y los beneficios, bajo el paraguas de esos casi 20 kilómetros esquiables han prosperado otros negocios (turismo rural, hostelería,…) con los que frenar la despoblación. Las estaciones de esquí y el impacto medioambiental que suponen son constante objeto de debate, especialmente cuando se habla de llevar adelante nuevos proyectos. Nosotros somos más amigos de la naturaleza tal cual, sin asfalto, sin cemento y sin humanos, si se permite. Pero en el caso de La Pinilla, pese a ese volumen de casi 100.000 esquiadores durante la pasada campaña de nieve que se reducen a un tercio durante la de verano, se difuminan conceptos como masificación o degradación. Al menos de momento. Esperemos que con esa pujante etiqueta de alternativa a otras estaciones tipo Valdesquí o Navaccerada, blindada por ese centenar de kilómetros que la separan de la capital, La Pinilla siga creciendo de forma sostenible y respetuosa. El entorno, un entorno que puede descubrirse en este interesantísimo blog, bien lo merece.

Vistas sobre las pistas desde el interior de la cafetería del Gran Plató.

Otra vista de La Pinilla.

Una vista de los bosques cercanos a La Pinilla.

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