La Feria del Queso, una excusa inmejorable para viajar a Trujillo (mayo de 2011)



Trujillo. Guau. Qué ciudad. La capital de las cigüeñas. Posiblemente el otro gran foco sensorial de Extremadura por el entrelazado de la historia, el patrimonio y la tranquilidad junto a Guadalupe. Es difícil ponerse a escribir algo sobre este rincón de Cáceres que no se haya resaltado antes (por ejemplo aquí, aquí o aquí). Trujillo invita a empaparse, dejando de lado si esas nubes amenazadoras descargarán agua o un solazo de justicia nos tuesta la piel. Trujillo. ¿No resulta musical? Quizá sea por esa aureola de familiaridad que desprende el nombre. Quizá por su fama de cuna de conquistadores y el renombre de Pizarro, Orellana o Diego García de Paredes. Quizá por su aparente condición de Patrimonio de la Humanidad (que no lo es, pero lo será, seguro, y en este enlace persiguen ese anhelo). Quizá por ese legado de bocas a bocas de años de visitas, de expansión toponímica por América (está hermanda con sus homónimas hondureña y peruana) y hasta por nuevos apellidos. O quizá por esos churros que, camino del pueblo, degustaba una familia en un merecido parón por la vieja, pestosa y extinta N-V. A decir verdad la antigua carretera se conserva en los accesos a Trujillo, que ha convertido la travesía en la gran avenida de la ciudad y ha humanizado más sus afueras. Pero Trujillo sigue ahí, asentada a los pies del Cerro Cabezo de Zorro, tan fotogénica ella desde la próxima A-5 que une Madrid con Lisboa vía Mérida y Badajoz. ¡Cuánta historia al alcanze de cualquiera y con muchas excusas para generar sinergias!

Cualquier momento es bueno para ir a Trujillo, pero la primavera digamos que le sienta muy bien al brillo de sus piedras y al trasluz de sus templos. Las sierras y los adehesados campos cercanos, salpicados de riscales, cobran una luz especial. A ratos nos puede parece ciudad, pero nunca deja de ser un pueblo. Un gran pueblo. Casi 10.000 habitantes no son guarismo baladí. Habitual destino de fin de semana, frecuente escala de viajes guiados, sorprendente meca para encontrar ingleses y franceses, algunos acontecimientos revolucionan la ajetreada placidez de su día a día. Podría ser el Chíviri, una fiesta que tiene lugar cada domingo de Resurreción. Pero nos centramos en otra no menos tradicional que tiene lugar normalmente cada mes de mayo. Normalmente, porque este 2011 se ha celebrado entre el 29 de abril y el 2 de mayo. Hablamos de la Feria Nacional de Queso, un encuentro gastronómico en su Plaza Mayor (nacida en los arrabales de la ciudad vieja y símbolo histórico y vertebrador de la esencia local) muy animado y muy recomendable. Entre sesión y sesión de tapa y vino, se puede recurrir a hacer algo de hambre perdiéndose por su casco urbano.

Y, claro, obligatoriamente, para sacar un rato para ascender a su “barrio viejo de la villa”, a los antiguos palacios, a los solares empedrados, a los templos con más solera, a las plazuelas, al castillo y sus murallas, a los museos. Trujillo es un viaje empedrado de aires señoriales. Piedra sobre piedra. Prerromana, romana, muy musulmana. Piedra sobre Piedra. Conquistada en 1232 tras intensas refriegas. Repoblada con los Pizarro asturianos, los Chaves lusos, los Monroy y tantos otros linajes del norte peninsular. Señorío peligrosamente autónomo en la Edad Media. Ciudad desde 1430. Exportadora fundamental de pioneros para América (según cálculos de Vicente Navarro del Castillo, 587 trujillanos emigraron al nuevo continente a lo largo del siglo XVI). Y más piedra sobre piedra de las fortunas nacidas allende los mares. Y los frenos, que llegarían, al percibirse en la corte mucho gallito suelto.

El Idrisi, viajero árabe del siglo XII, escribió: “Esta Villa es grande y parece fortaleza. Sus muros están solidamente construídos. Hay bazares bien provistos; sus habitantes, tanto jinetes como infantes, hacen continuas incursiones en el país de los cristianos. Ordinariamente viven del merodeo y se valen de ardides...”. Miguel de Unamuno, en su Por tierras de Portugal y España, comenta: “ Dimos vista a Trujillo. La masa de sus torres y sus ruinas se recortaba sobre el cielo... Es Trujillo una ciudad abierta, clara, confortable, regularmente bien urbanizada, apacible y que da una cierta sensación de bienestar de hidalgo campesino”. Dos formas sugentes de acercarse a una ciudad. Iniciamos otra en la que faltan muchas instantáneas y se echan de menos algunos célebres rincones. ¡Las cosas del vino y el queso! Nada como volver para rematar la faena.




Unas cigüeñas relajadas en los nidos de la Torre del Alfiler.


El Rollo (o Picota), en plena antigua N-V. Esta construcción del siglo XVI simboliza el realengo de Trujillo, ganado "por su contribucción y ayuda a los Reyes Católicos".


Este edificio es más moderno, pero está presente en los recuerdos infantiles de muchos viajes de niñez a Extremadura. Los silos y depósitos de la antigua factoría de Nanta.


Panorámica de Trujillo desde la avenida de Miajadas. Su innegable atracción está realzada por el Cerro Cabeza de Zorro, donde se asienta la ciudad.


La antigua iglesia del Convento la Merced, actual Museo del Queso y el Vino (c/Francisco Pizarro s/n). El antiguo convento fue fundado (1594) por Francisca Pizarro Yupanqui, hija del conquistador, y sufrió muchísimos daños durante la invasión napoleónica. Destáquese el anuncio de Nitrato de Chile.


La primera iglesia que nos topamos, vista desde la avenida de Miajadas.


Monumento dedicado al mar. La Armada obsequió el ancla, al parecer.


"Gratitud", una escultura que recuerda a doña Margarita de Iturralde Arteaga, hija predilecta de la ciudad. Es obra el artista pacense Gabino Amaya (1896-1979), fue fabricado en bronce en 1924 y es uno de los rincones más encantadores del Paseo Ruiz de Mendoza.


La plazuela del Paseo Ruiz de Mendoza.


Curioso ornamento en el Paseo de Ruiz de Mendoza que bien podría mostrar unos pasos de baile o bien algún juego popular para niños.


Palacio de Juan Pizarro Aragón, una construcción del siglo XVI que actualmente acoge la casa de la cultura y otros servicios municipales.


Amanece a la sombra de una palmera del Paseo Ruiz de Mendoza.


Caminando por una de las callejuelas cercanas a la Plaza Mayor.


El café del Teatro, una parada muy recomendable en la plaza de Aragón, justo enfrente del Teatro Gabriel y Galán.


Teatro Gabriel y Galán (Plazuela de Aragón, nº 1).


Callejuela de los Romanos. Aquí estaban asentados a modo de gremio los constructores de pesos para medidas. Muchos seguro que hemos llegado a oir hablar de "la romana", esa balanza y esos pesos tan presentes en mercadillos y venta ambulante. Y claro, los fabricantes de "romanas" no podrían ser otros que los romanos.


Por la callejuela de San Andrés.


Calle de San Francisco, con la iglesia de San Francisco al fondo.


San Francisco. Este santo preside la hornacina, escoltada por los escudos de la ciudad y el de armas de Carlos V.


Españada y reloj de San Francisco.


Una visitante observa la entrada a San Francisco. Al fondo, un acceso al convento de San Francisco, donde descansan los restos de Hernando Pizarro y su esposa (y sobrina) Francisca Pizarro Yupanqui.


Conjunto escultórico de la fachada de San Francisco, con más detalle En la parte superior, un relieve de Dios.


Caminando junto a San Francisco por la callejuela de la Guía.


... ¡Y en la parte trasera encontramos una pequeña capilla exterior a la Virgen de la Guía!


Francisco Pizarro, conquistador de Perú, llevaba consigo una copia de esta talla en todas estas aventuras. La expuesta está datada a finales del siglo XVI y es todo un símbolo para los locales.


Otra atractiva callejuela.


Trujillo es una ciudad rica en palacetes con esquinas abalconadas.


Piedras, balcones y colores.


Se abre una callejuela en medio de San Miguel.


Palacio Barrantes Cervantes, sede de la Fundación Obra Pía de los Pizarro. Entre sus ambiciones, la de convertirse en un centro de referencia de la relaciones Iberoamericana.


Hostal Blasón. Económico y muy cercano a la Plaza Mayor. Entre la calle y la Plaza de San Miguel.


Detalle de una fachada.


Zurradores.


San Miguel.


Subiendo por la calle Ballestero, a la altura del Palacio de Santa Marta (derecha).


Confluencia entre la calle Ballestero y la callejuela de Victoria, rematada por el restaurante La Sotana. Los ascensos al barrio de la ciudad vieja y el castillo cuentan con una gran oferta de restauración en enclaves de mucho encanto.


Caminando bajo la presencia de la Torre de Luis de Chaves (el gran faro del alcázar de Luis de Chaves), nos incorporamos a la Cuesta de la Sangre, que asciende pronunciadamente desde el entorno de la Plaza Mayora y nos llega por la izquierda. De manera inmediata alcanzamos el Arco de Santiago.


Iglesia de Santiago, junto al arco del mismo nombre.


El arco de Santiago. Se trata de una de las cuatro puertas de acceso al "barrio viejo de la villa" que se conservan. Llegaron a ser siete. En algunos antiguos documentos se habla de este acceso como la Puerta del Sol.




Las torres de Santa María de la Mayor, la iglesia principal del "barrio viejo de la villa" y levantada sobre una mezquita musulmana. Estamos en la Plazuela de Santiago.


Casa de los Chaves, residencia de los Reyes Católicos cuando acudían a Trujillo.


Santa María la Mayor, vista desde una callejuela.





Santa María la Mayor.


¡Trujillo!


Añejo callejeo empedrado.


Puerta de Coria (¡creemos!).


Caminando entre ruinas de viejos templos, grandes casas amurallas y clásicas sedes de fundaciones.


Ruinas hermosas.


Por los Altamiranos.


Monumento a Francisco de Orellana, en la plazuela de Santa María.


Santa María la Mayor.


Un bonito rincón en la calle Santa María.


Otra perspectiva sobre Santa María la Mayor, en la calle Santa María.


Alejándonos de Santa María la Mayor por "Santa María little street".


Menuda choza.


Por la calle del Mirador de las Monjas.


Trujillo, desde el Mirador de las Monjas (1).




Trujillo, desde el Mirador de las Monjas. A la izquierda, la iglesia de San Martín y la Torre del Alfiler.


Ascendiendo hacia el castillo por el Mirador de las Monjas.


El castillo y las murallas. Estamos cerca de lo más alto del Cerro Cabezo de Zorro. Anteriormente nos hemos referido a "Cabeza de Zorro", pero es el mismo accidente geográfico con dos ligeras variaciones. "Cabezo" es una palabra muy extendida en Extremadura para este tipo de cerros y prominencias. Dado ese arraigo, recomendamos esta segunda posibilidad.


Puerta de San Juan de las Palomitas, rehabilitado en 1998 y acceso a la ciudad vieja vía calle Castillo.


El castillo, visto desde el conjunto bien de modernos menhires bien de monolitos (para gustos...) que en realidad es un monumento al mestizaje. En sentido estricto, esta obra es un monumento a Francisca Pizarro Yupanqui.


La entrada más meridional a la fortaleza, a la postre la más importante. El arco de herradura confiesa un claro origen musulmán de esta fortificación. Fue levantado en época califal, a caballo entre los siglos X y XI. En la parte superior, una imagen de la Virgen de la Victoria, patrona de la ciudad.


El castillo es impactantemente macizo y su ubicación es estratégicamente perfecta. No hay un otero semejante en muchos kilómetros a la redonda.


Otra imagen del conjunto arquitectónico del castillo.


Dos turistas pasean por el perímetro amurallado del castillo.




Los campos de Trujillo, desde las afueras del castillo.


Un detalle de la panorámica que ofrece el excelente mirador que es el entorno del castillo. Obsérvese en esta foto un frondoso patio de aires romanos o árabes.


La revirada y empedrada subida al Castillo sería un emplazamiento único para un final de carrera ciclista (desde aquí arrojamos el guante). La parte alta está repleta de restos de edificaciones. A los pies de este entorno, la ciudad. A mano izquierda, fuera de campo, pero confesado por la señal que obliga a girar hacia la derecha, se encuentra el aparcamiento de un céntrico hotel.


Santa María la Mayor.


La Torre de Luis de Chaves, parte del alcazar de los Chaves.


¡El encanto de un paseo por la ciudad vieja!


Bajando por la Cuesta de la Sangre hacia la Plaza Mayor.


La Casa de la Cadena, La Troya. Al fondo, la iglesia de San Martín y la escultura ecuestre de Pizarro.


Un símbolo de la restauración trujillana, un mito entre los bares de la península. La Troya. Una rica historia alimenta la leyenda de este pequeño establecimiento ubicado en los soportales del norte de la Plaza de España.


Todas esas fotos son posados de gente famosa, desde la Familia Real hasta un artista de renombre mundial, que ha pasado por La Troya en estos años. Si por algo es conocido este establecimiento abierto en 1922 es por la familiaridad de su trato. Concepción Álvarez, Concha, no dudaba en plantarte una tortilla de patatas u otro plato como tapa, antes de comer. Todo, muy casero y excelentemente cocinado por la propia Concha. Comenzó a trabajar a los 18 años (nació en 1922) y lo dirigió durante 59, hasta que falleció en agosto de 2006.


El local no es muy grande, pero tampoco es un sitio minúsculo; las colas de comensales que guardan su turno son más largas que la propia barra. Las consumiciones y las segundas y terceras rondas se van desplazando hacia el fondo.


Los soportales norte de la Plaza Mayor, vistos desde la escalinata de la iglesia de San Martín.


Los stands de la Feria del Queso 2011 en la Plaza Mayor, bajo la presencia de la escultura ecuestre de Pizarro y con el Palacio del Marqués de Sofraga y su particular esquina "heráldica".


Otra vista sobre la Plaza Mayor con la fotogénica presencia de las iglesias de la ciudad vieja.


Iglesia de San Martín.


La Torre del Alfiler, muy agraciadamente restaurada y donde destaca muy especialmente el escudo de armas de la familia Chaves Orellana.


Las carpas de la Fería del Queso 2011 afean una de las fotos míticas de Trujillo: la de la estatua ecuestre de Pizarro con la iglesia de San Martín.


Y ésta es otra imagen muy tomada. La escultura de Pizarro fue labrada por un artista estadounidense (de Nueva York), Carlos Rumsey, y su esposa la donó a la ciudad en 1927. Rumsey era un admirador confeso de este personaje histórico. El conjunto pesa 6.500 kilos, nada menos.


Ambiente en la Feria del Queso al poco de su apertura (el recinto, en la edición de 2011, se abría el sábado a las 12.00 horas).


Ambiente de la Plaza Mayor (2).


Los tickets de la XXVI Feria Nacional del Queso de Trujillo. Los naranjas, para las tapas. Las amarillas, para el vino o la cerveza.


Stand de la Torta del Casar.




Dos visitantes contemplan unas piezas de queso mientras degustan una porción. Lo bueno de esta feria es que puedes probar los productos que quieras adquirir, comparar sabores y texturas, por un precio módico y sin perjuicio para los productores. ¡Todos salen ganando!


Productos El Bici de Casar de Cáceres. En Trujillo no sólo están presentes fabricantes extremeños; también acuden representantes de Cataluña, País Vasco, Castilla La Mancha, Galicia, Asturias, Cantabria, Andalucía, Castilla y León y una generosa presencia portuguesa.


Quesos de Castilla La Mancha.


La zona "portuguesa" de la Feria. Los queixos lusos resultan sorprendentes por sus texturas y sus aromas.


La Plaza Mayor, con el Palacio del Escudo (izda) y el Palacio de Justicia, antiguo ayuntamiento (centro).


Palacio de los Marqueses de la Conquista. Obsérvese un pequeño escudo a mano derecha, en la parte inferior: es el escudo de la familia Pizarro, dos osos encaramados a un pino. ¿Dos osos? El motivo no es otro que el origen asturiano de esta familia, que se asentó en Trujillo en el siglo XIII.


... y desde otro ángulo. El balconcito, en directo, es muy atractivo. En la callejuela que desciende hacia la izquierda, visible desde la plaza en ese punto, veremos una oficina de la policía municipal (información de servicio público).


Palacio de la Justicia, antiguo ayuntamiento. En el Palacio de la Justicia vemos el arco y el "pasillo" del Cañón de la Cárcel.


Dos trujillanos acceden a la Plaza Mayor a través del arco del Cañón de la Cárcel.


Cañón de la cárcel.


Un rinconcito particular en la callejuela Cañón de la Cárcel.


Arco de Sillerías, visto desde la Plaza Mayor.


Calle Sillerías, que desemboca en una Plaza Mayor que está al otro lado del arco (arco de Sillerías).


... Y al otro lado, si nos damos la vuelta tras cruzar el arco, ¡zas! Palacio de Piedras Albas.


Portal del pan. Esta cerámica escultórica recuerda que este tramo de la arquería de la Plaza Mayor era el lugar donde se vendía este producto. Dado el comercio que atrajo este espacio de la ciudad creciente, a los pies de la señorial, los lugareños y los propios vendedores fueron conociendo los tramos en función de los productos que ofertaban. Además del pan también encontraremos azulejería semejante que nos recordará el Portal de la Verdura, el del Lienzo, el del Paño o el de la Carne.


La ciudad vieja (al fondo) y la Feria del Queso, vistas desde los Soportales de la Plaza Mayor ante una repentina tormenta primaveral.


Un grupo de personas camina por uno de los soportales que circunvalan la Plaza Mayor de Trujillo, uno de los espacios más ricos en establecimientos hosteleros y comerciales de la ciudad.


Y como no es una ciudad nada extraña para nosotros, unas fotos de unos meses antes donde el cielo hace más justicia a los rigores de sus calores. La Playa Mayor, en todo su esplendor, con parte de sus atractivos visuales presentes en esta imagen.


El Palacio de los Marqueses de la Conquista, uno de los edificios más emblemáticos de Trujillo, llamativo por esa esquina abalconada y muy decorada heráldicamente. Es tan popular que los lugareños le denominan Palacio del Escudo por esa representanción de su esquina. Levantado en el siglo XVI, durante el XVIII vivió una profunda reforma impulsada por un sobrino de Churriguera.


Camino de La Troya, el Mesón La Cadena, El Burladero... Grandes referentes de Trujillo ubicados en su Plaza Mayor.


Iglesia de San Martín, con la inconfundible escultura de Pizarro "a sus pies". A la derecha de la imagen queda el Palacio Ducal de San Carlos.


Otra perspectiva, también desde la Plaza Mayor, sobre la iglesia de San Martín en la que se aprecia su entrada principal (izda) y la Puerta de las Limas (centro). Se cuenta que en reformado templo (oriundo del siglo XIV, la evolución histórica de la ciudad ha motivado muchos trabajos posteriores) pararon a rezar Carlos V, cuando iba a Sevilla a esposarse con Isabel de Portugal y su hijo, Felipe II, cuando regresaba de Lisboa tras ser coronado monarca del país vecino (1583).

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