Paseos estivales por Badajoz (agosto de 2009)


Atardecer sobre el Guadiana y la ciudad de Badajoz desde las murallas de la Alcazaba.

Fundada en 875 por Ibn Marwan, Badajoz, la ciudad más grande de toda Extremadura con sus casi 150.000 habitantes, no tiene la majestuosidad de la piedra vieja de Cáceres, la otra capital provincial de la Comunidad, o el lustroso pasado romano de Mérida, capital autonómica y distante a apenas seis decenas de kilómetros.




Dos perspectivas de la Catedral de Badajoz en dos momentos de un mismo día (arriba y abajo).

Frente a las otras dos grandes ciudades extremeñas (las dos juntas no alcanzan la población de la vieja Batalyaws) y así lo hemos podido concluir tras muchas conversaciones al respecto, el viajero tiene la percepción de que la capital pacense es, sencillamente, la más fea; y de paso recuerdan que no hay industria, que sólo es una ciudad de funcionarios y servicios con pasado de tintes bélicos que emergía frente a Portugal casi como imaginaba la creativa pluma de Tolkien a Minas Tirith frente a Mordor. Y quizá, sólo quizá, sea así.


Inicio de la comercial calle Menacho.

Pero nadie puede criticar la ausencia de vida de Badajoz, pues es una ciudad en pleno movimiento guiada por la vertiente más comercial del sector servicio; y tampoco que sea una población huérfana de todo patrimonio histórico. Que no sea su punto fuerte, lo cual por otra parte sólo puede ser valorado desde la individualidad (vamos, que para gustos los colores), no supone que estemos ante una cuestión baladí.


Una imagen de la Alcazaba de Badajoz.


La puerta de acceso a la Alcazaba desde la plaza de San José: la puerta del Capitel.


El perfil urbano de Badajoz: se perciben, en el centro, la Giraldilla y la Ermita de la Soledad.


La Plaza de San José, presidida por el Convento de las Adoratrices (dcha).



Vista de Badajoz desde las murallas.

Ahí está su alcazaba, por ejemplo, el más fiel reflejo de un pasado glorioso en el que Badajoz llegó a ser la capital de uno de los reinos de taifas más importantes de la Península, muy a pesar de otras regiones vecinas como Córdoba o Sevilla. Y es que la Alcazaba pacense, además, y al menos eso defienden los historiadores, es la construcción más grande de este tipo de las que se construyeron en la Península bajo dominación musulmana: perimetra nada menos que ocho hectáreas y en su interior albergó durante siglos a la población pacense.


Las murallas: detrás, el barrio de San Roque.


Las murallas, con vistas sobre el río Guadiana; al fondo, el cerro y el fuerte de San Cristóbal.

Desde sus rehabilitadas murallas, uno no sólo se embelesa perdiendo la mirada hacia la próxima frontera con Portugal, sino con el plácido discurrir del río Guadiana que, atravesado por cuatro puentes perfectamente perceptibles, corre a los pies del recinto o con las irrupciones entre un mar de edificaciones de su desconocida Catedral, la ermita de la Soledad o, a su lado, esa extraña Giraldilla que se construyó en 1930. Hasta el vecino cerro de San Cristóbal, o de Orinace, también fortificado por esas cuestiones históricas de guerras y tuyas y mías, emerge seductor. Por añadir, una puesta de sol en una tarde de verano le hace ganar enteros al asunto.


Vista del interior del recinto de la Alcazaba; ni de lejos es el que presenta el peor estado.


La llamada torre de los ahorcados, al norte de la denominada Puerta de Carros o de Yelves.

No son pocas las pancartas que, en la zona anexa, imprecan a las autoridades por una rehabilitación total de la Alcazaba. Ciertamente, todo el recinto, que en su interior alberga un concurrido parque público lleno de palmeras, el Museo Provincial, los restos de una antigua mezquita que hoy, integrantes de una facultad de la Universidad de Extremadura, son el punto más alto de la ciudad, está bastante descuidado. Son habituales los residuos sólidos, bastantes malas hierbas y alguna que otra pintada que se ríe de todo este bello patrimonio.



Imagen de la Plaza Alta después de su añorada y perseguida remodelación. Nuevos tiempos para la zona.

La mejor forma de llegar a la Alcazaba, construcción del siglo XII, es a través de la Plaza de Martín de Rodezno, más conocida como la Plaza Alta y que, pese a su glorioso pasado de centro del pueblo, no hace mucho era territorio hostil al turismo, tomado por el ambiente marginal y ahuyentando toda vitalidad urbana. Y lo más curioso de todo es que este bello rincón, rehabilitado por las autoridades en los últimos años dentro de un plan ambicioso para recuperar la parte vieja de Badajoz, estaba aun paso de la Plaza de España, donde se erigen el ayuntamiento y la Catedral, y que, por lógica, no debiera de haber sido nunca considerada como zona peligrosa.


La Plaza Alta.

Aquellos tiempos de inseguridad están quedando atrás, pero se mantienen aún muchos locales vacíos en el casco viejo, huérfanos de negocios. Pero las fachadas han dejado de estar tan destartaladas y sus calles están recuperando los viejos bríos que, incluso, tuvieron muchísimo sabor a flamenco y cante hondo. Pero Badajoz, que durante décadas parece no haber querido mirar a su centro, como dando por hecho que era irrecuperable y aferrándose al crecimiento de la ciudad hacia la frontera, aún tiene trabajo por delante.


Camino de la Plaza Alta, rincones con sabor propio.

Y es que este mar de callejuelas y pequeñas cuestas es, ciertamente, un centro urbano diferente, muy apetitoso para el paseo. Una maraña de calles que encuentran en la Plaza Alta un bonito cénit que puede regarse con un refrigerio en la terraza de La Casona Alta. Un parón con el que la excursión gana muchos enteros. La Casona Alta es el primer negocio hostelero que regresa a la Plaza Alta, aunque los medios locales ya anunciaban la puesta en marcha de al menos otros cuatro en los próximos meses.




Arriba, la Torre de Espantaperros; debajo, otra vista de esta afamada y restaurada torre, símbolo de la ciudad, desde la calle Castillo.

A un paso de la Plaza Alta, la torre de Espantaperros o Alpéndiz, uno de los símbolos de la ciudad, torre de vigilancia de la Alcazaba y recuperada tras años de desperfectos. A otro, pasando bajo el denominado Arco del Peso del Colodrazgo, llegamos a la vecina y coqueta Plaza de San José y a un posible acceso al interior de la Alcazaba. En la de San José, conviene no perderse el Convento de las Adoratrices, el cual gana atractivo cuando se le contempla desde lo alto de las murallas.




Dos instantáneas (arriba y debajo) de la Plaza Alta de Badajoz.


El Arco del Peso, que separa la Plaza Alta y la de San José.

Tras un atardecer en las murallas, regresamos al mar de calles del casco viejo donde alguna que otra pintada y algún que otro negocio con solera llaman nuestra atención. “Se retratan fotos con cariño”, reza un cartel en Foto Vidarte, un negocio abierto en 1915 (eso dice una placa) y en el que un azulejo anexo añade la oferta de otro servicio: el de asesoramiento filosófico. Estamos en la calle Virgen de la Soledad, que pese a su estrechez y ligera pendiente es una de las más célebres de Badajoz, y unos pocos pasos más abajo, justo enfrente de la ya citada Giraldilla y la Ermita de la Soledad (la patrona de la ciudad), se encuentra La Santina.


Foto Vidarte, en Badajoz: su escaparate es una obra de arte y una máquina del tiempo.

La Bodega La Santina es un pequeño templo para cañear fundado por un cocinero extremeño (lamentamos no recordar el nombre), decorado con aires toreros y flamencos, con música coplera como banda sonora (en algo debía notarse que en Badajoz nació un cantaor del nivel de Porrina de Badajoz, portador permanente de gafas oscuras “para ver lo que yo quiero” y del que alguien dijo “Un dandy en el país del tocino y la envidia") y el canal cocina sintonizado en la televisión. Por 10,9 euros (IVA incluido), la “factura” reúne dos cañas (1,1 la unidad), dos copas del buen vino extremeño Payva (1,6), una tosta de torta de Castuera (1,5) y un sartenazo (ración presentada en una sartén) de patata frita, huevo frito y jamón (4), sin contar unas riquísimas y corteses tapas que no cobran. Garantizamos que deja a dos personas más que saciadas.


Un saternazo de La Santina: rico, rico.

Otro de los puntos fuertes, y quizá más desconocidos, de Badajoz son sus baluartes, herencia de viejos tiempos en los que el carácter fronterizo de la plaza generaba más de un confrontamiento bélico. Un repaso al callejero de Badajoz basta para descubrir esos aires tan marciales: hasta una de sus calles más notorias, la comercial calle Menacho que le ha dado nombre a la más concurrida área de tiendas de la ciudad, lleva el apellido de un general.

Papelera con el logotipo del "centro comercial abierto" que impulsa el ayuntamiento en la calle Menacho y su entorno.


Una floristería en la comercial calle Menacho; sorprende que en su puerta reza el siguiente cartel: "árboles no". ¿Contradicción? Lo parece, la verdad. Esto esconde la oposición de los comerciantes a que en las reformas que están haciendo en esta calle para peatonalizarla parcialmente se incluya la plantación de árboles.

Levantado en el siglo XVII en tiempos en los que los enfrentamientos con Portugal eran constantes, el recinto conserva siete baluartes en más o menos buen estado: San Pedro, La Trinidad, Santa María, San Roque, Santiago, San José y San Vicente. Decíamos “más o menos”, porque todos ellos se integran en la fisonomía de la actual ciudad. El de Santiago, sin ir más lejos, cuenta en su interior con un garaje público que estaban reformando en agosto de 2009 y el Museo del Carnaval, uno de los grandes atractivos de Badajoz.


Baluarte de Santiago, reflejo del pasado bélico de la ciudad en la que nació Godoy.

Pero claro, antes de toda visita a la capital pacense hay que tener en cuenta una cosa: las fechas. Porque en verano será fácil, realmente muy fácil, hacer una fotografía como ésta a las doce de la noche de un día de agosto...


1 comentarios:

  1. Dos añadidos:

    - El primero, que la calle Menacho y el entorno han sido peatonalizados. Y gana muchos enteros el centro de Badajoz.

    - El segundo, el siguiente enlace reproducido:

    http://www.hoy.es/v/20110330/badajoz/alcazaba-presume-nueva-piel-20110330.html

    BADAJOZ
    La Alcazaba presume de nueva piel
    Han reparado el daño originado por la humedad y la erosión, han recompuesto las oquedades y han arreglado las fisuras

    30.03.11 - 00:19 - TANIA AGÚNDEZ | BADAJOZ.

    Ya comienzan a vislumbrarse los resultados. Una parte de La Alcazaba que estaba sometida a las obras de restauración ya luce más blanca, como se anunció en su día, y curada de todo daño. Parte del andamiaje que rodeaba a las murallas de este emblemático espacio se ha retirado hace unas semanas, lo que permite a los pacenses apreciar cómo va a quedar esta fortaleza tras su rehabilitación.
    Los trabajos de la primera fase para la recuperación de este monumento empezaron en la Puerta de Carros y abarcan hasta la Puerta del Alpéndiz. Parte de este tramo ya ha sido descubierto tras realizarle las pertinentes actuaciones relacionadas con el saneamiento de la piel del fuerte. El agua se ha convertido en el mayor enemigo de La Alcazaba, por eso han reparado el daño originado por la humedad en los muros. Además, se ha procedido al arreglo y consolidación del lienzo. Para ello, han recompuesto las oquedades que existan y han reparado los daños por la erosión y las fisuras que presentaba esta parte de la muralla. En todos los casos, se ha intervenido con extremo cuidado, tratando específicamente cada patología.
    Tras estos trabajos de restauración, han aplicado una capa de mortero de cal en las áreas que ha sido necesario. Por otro lado, se han recuperado las líneas que simulan los antiguos sillares en aquellas zonas en las que había.
    También se ha dado color y ahora la fortificación se exhibe más blanquecina de lo acostumbrado. «Es un tono que debe ser bastante exacto al original. Con el tiempo y la lluvia la muralla irá cogiendo otro color. Todo se ha hecho en base a estudios e informes técnicos. Nada se hace por capricho», explica Fernando Valdés, arqueólogo encargado de las excavaciones que se están llevando a cabo en La Alcazaba.
    En estos momentos se están colocando las almenas, que no se han restaurado en este proceso para dejarlas como estaban.

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