
Cierto lugares poseen una atmósfera tan densa que rápido comprenden los sentidos que allí se aúnan, a un tiempo, el peso de la historia, la tradición y los mitos. Lugares donde se abrazan lo místico y lo espiritual, en donde no interesan las explicaciones físicas o geográficas y sí los cuentos y leyendas que se inspiran en su génesis. El ambiente, la energía que se percibe, seducen la percepción. No se trata de esoterismo, simplemente de eso que Juan Ignacio Cuesta llama lugares de poder. Un país que nunca se acaba como éste tiene una buena ración de sitios así. Y Galicia, por su riqueza histórica y por su variedad geográfica, no se queda corta en su aportación. El entorno de la Punta de A Barca, la antigua Punta de Xaviña, es un ejemplo.

El santuario, y sus vistas sobre el Atlántico.

El santuario y el entorno de las piedras,, con el monumento A Ferida a su derecha desde 2003.
Al sur de A Coruña, en las cercanías de Muxía, en el corazón de la Costa da Morte, allí donde el veneno negro del Prestige se cebó con especial y aún comprobable saña, el Santuario de la Virgen de la Barca (Virxe da Barca, en gallego) y sus alrededores son un lugar de esos que hay que visitar alguna vez en la vida. Sí puede ser, claro, con la romería que tiene lugar cada segundo domingo del mes de septiembre (salvo que caiga en día 8, caso en el que la fiesta se muda al 15). El templo tiene unas vistas privilegiadas al bravo Atlántico y a la ría de Camariñas. Unas proximidades riquísimas en riscos, canchales y demás manifestaciones pétreas explican la génesis de la tradición que bautiza toda esta zona.

Otra vista del monumento A ferida.

A ferida, la herida en castellano, un monumento que recuerda la catástrofe del Prestige y la simboliza con dos bloques de piedra separados por una grieta. A su lado, un mojón que indica que estamos ante un trazado del Camino de Santiago, concretamente el que unía Compostela con Finisterre.
El mito dice que en ese punto, ante la desesperación de Santiago en sus labores evangelizadoras en suelo gallego, desembarcó para animarle la Virgen María, que alcanzó la costa en una barca de piedra cuya integridad quedó diseminada en las proximidades de donde se encuentra el santuario. Eso explicaría, un origen vinculado a lo divino, por qué muchas piedras tienen formas tan curiosas y los lugareños las han venido otorgando propiedades mágicas. De la Pedra de Abalar, la que sostenía a la Virgen en su viaje, se dice que tiene propiedades adivinatorias o dotes para comprobar la culpabilidad o la inocencia de una persona. De la Pedra de Os Cadrís, a la que se asociaba con la vela del barco que portó a la Virgen, se cuenta que cura el reuma y otras dolencias de espalda si se pasa bajo ella en nueve ocasiones. Su extraña forma, quizá un riñón o un hueso, alimenta esa creencia.

Otra vista del santuario, desde el camino que desciende a sus proximidades. A la izquierda, visitantes junto a la Pedra de Albalar.

El entorno del santuario y sus vistas, con la parte superior de la Pedra de Os Cadrís cortada.
El actual santuario es una construcción del siglo XVIII (1719) a la que se le han hecho posteriormente varios añadidos y que fue financiada por Juan de Rivadeneira, Conde de Frigiliana, y posteriormente su hija Teresa de Taboada y su yerno, el Conde de Maceda (José Benito Lanzós Novoa). Destacan entre estos últimos las dos torres que presiden su fachada, levantadas en 1958. Pero sus orígenes son muy anteriores, del siglo XVI, época de la que existen testimonios escritos de la existencia de una capilla en el lugar donde se custodiaba la imagen que la propia Virgen le entregó a Santiago y que después fue encontrada. Una imagen que, tras un primer intento de los lugareños por llevarla a la iglesia de la localidad, volvió a aparecer en el lugar del hallazgo, donde finalmente se construyó el santuario.

Cumpliendo la tradición en la Piedra de Os Cadrís.

Cumpliendo con la tradición en la Piedra de Os Cadrís (2).

Preciosas vistas al Atlántico y los montes cercanos a sus aguas en el otro lado de la ría.

El faro de Punta da Barca, una construcción de 1981 sobre otra anterior de 1926.

No lo parece, pero lo es: restos del trístemente famoso chapapote todavía presentes.

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