
Uno percibe como una especie de magia flotando en el ambiente en sitios como el entorno de la Basílica de Santa María la Real de Covadonga y la vecina Santa Cueva. Lugares únicos de peso histórico, de colores de intensas tonalidades que ganan con esa melancólica e intrigante lluvia que muy a menudo provoca esas particulares cortinas de neblina. Lugares que son manantiales de una fuerza y de una energía que quizá sólo sean el eco del peso de los siglos. Un entorno tan cerca del océano y sin embargo, y también, tan cerca del cielo gracias a todas esas moles pétreas que surgen de las profundidades de la tierra. Todo eso y más se reflexiona cuando uno afronta esa placentera letanía de ascender los Lagos de Covadonga en bicicleta. Un sueño de niñez, alimentado por las gestas del deporte que uno más ama, convertido en un reto de madurez y derivado hacia una peregrinación en pos de una plenitud absoluta y firme.

Nos acercamos al inicio de la subida.
No hay mejor excusa que aprovechar la marcha que organizan cada año, con la ascensión a los Lagos de Covadonga como plato fuerte, en Cangas de Onís. Esos ya míticos 14 kilómetros que debutaron en el ciclismo profesional en 1983 gracias a una Vuelta que se aferró a sus rampas para evolucionar, madurar y crecer. Un puerto que, parece, ha perdido en dureza con el paso de los años y la aparición de otros colosos tipo Angliru. Pero los Lagos, siempre, serán los Lagos. Y buena parte del misticismo épico del ciclismo permanecerá, como un espíritu que vaga libre, esparcido entre ese hilo de asfalto que separa la basílica y las superficies acuosas de Enol y La Ercina.

La gente se vuelca con los asistentes a la marcha.
La AS-262 nos trae desde la carretera general que une Cangas de Onís y Arena de Cabrales, la AS-114, durante un extraño llaneo en el que los alojamientos hoteleros, señal de la trasdencencia turística del destino, se agolpan de forma periódica en los laterales de la carrera en torno a los poblados de La Riera de Covadonga y Muñigo. La carretera, paralela a las envalentonadas aguas del río Covadonga, ya comienza a picar hacia arriba cuando, a nuestra derecha, en lo alto, en un entorno de exhuberante vegetación en el que se intuye la verticalidad del reto, emerge la Basílica. Enfrente, una moderna rotonda pone en orden el asunto: por aquí, al templo; por acá, a un aparcamiento; y en esa estrecha carretera que envida la ladera de la montaña, la CO-4. La autopista hasta el cielo. El camino de la redención.

Iniciando La Huesera.

Llega La Huesera; se intuye la dureza.

¡Cómo duelen las piernas!

El calor de los amigos en los momentos de esfuerzo máximo.
Llega un momento que, enfrascado en negociar con unas pendientes que tutean con asiduidad el 10%, puede olvidarse el reto último y verdadero de mezclarse con el entorno, una comunión perseguida con un paraje digno de parque nacional, como de hecho es desde 1918. Es cuestión de amoldarse al ritmo y acostumbrarse a que nuestro aliento se funda con el trino de los pájaros y el caer de los torrentes. Y de golpe, zas, alcanzamos el Mirador de los Canónigos y el mito se ha transformado en una engañosa rutina llevadera. No hay que confiarse en la ascensión a los Lagos de Covadonga, porque pronto llega La Huesera, la mediática casi recta, colgada en la ladera a más de 700 metros sobre el nivel del mar en la que abandonamos los bosques de robles, tilos, abedules, castaños, nogales y demás. Entramos en el terreno de los verde prados de pastoreo con pendientes que se sitúan en el 15%. Los gemelos sienten cómo al asfalto le crecen una garras invisibles y se aferra a ellos. A los pulmones, en un reino del aire fresco, le falta el aliento. Al fondo se intuye el final de la rampa, pero la mirada se pierde siguiendo el trazado de la carretera, que zigzaguea y cambia de ladera y abofetea el ánimo: "¡Hasta allí tengo que llegar!". Es el precio que tienen ascender en bici a los Lagos. Un anticipo de la recompensa llega desde las cunetas, en las que buenos amigos nos transmiten sus ánimos y sus fuerzas.

La Basílica, vista desde las alturas.

La Huesera, vista desde las alturas.


Camino del Mirador de la Reina.
El verdadero Mirador de la Reina llega tras un descansito de un kilómetro en el que la pendiente baja hasta "sólo" un 7%, un respiro cuando vienes de afrontar tres mil metros muy por encima del 10%. Pero en ese curveo del Mirador vuelven los dos dígitos, la niebla suele crecer en espesor e intensidad y el esfuerzo individual se tiñe con un halo de misticismo que sólo es alimentado por un "venga, que lo peor pasó". Cierto es, pasó lo peor. Pero lo que queda, pese a un par de descansillos agradecidos, no es que sea un paseo entre montañas. Aún quedarán sus buenas rampas del 12% y el 13% y las fuerzas estarán justas.
Y como todo tiene su fin, que versionarían los Medina Azahara, llega un momento en el que la carretera dibuja una pequeña curva hacia la izquierda y a la derecha un solitario árbol anticipa la masa acuosa del Lago de Enol. Es un momento único, mágico. El pago a todos los esfuerzos. Un leve descenso, que puede resultar peligroso con el firme mojado o húmedo, nos impulsa hacia el aparcamiento que, antes de vislumbrar el Lago de la Ercina y tras una última rampa que devoraremos impelidos por la moral recobrada, acoge el final de la marcha y todas las infraestructuras que mueve. Un gran lugar para fraguar un vínculo cicloturista con un bravo aragonés vestido con los colores del Zarabici que, poco antes que yo, sometió la subida. Y un gran lugar para comprender de los fuertes lazos de este deporte cuando un compañero del anterior, completada la marcha, deshizo el camino para tirar de él en esos dificiles momentos en los que la moral está más cerca de arrojar la toalla que de fruncir el ceño e intensificar la frecuencia de pedaleo.

Bajadita junto al Lago de Enol.

Otra vista del lago.Esto sucedió el 17 de mayo de 2008 y en cubrir los 112 kilómetros del recorrido empleamos 6 horas 51 minutos y 38 segundos. Fuimos, de hecho, los últimos: el primero nos sacó más de tres horas y media. Sólo en subir los Lagos empleamos 2 horas, 8 minutos, 11 segundos. Un mundo.
Pero será inolvidable esa experiencia de llegar a la rotonda donde arranca la carretera, aplaudido por numerosos turistas y familiares. Devorar los primeros kilómetros, alcanzar La Huesera y sus rampas del 15%, comprobar para nuestra desgracia que se hacen más llevaderas que las del Mirador de la Reina. Desesperar viendo los pretiles, a veces de piedra, a veces de madera, de una carretera que se cuelga en la ladera, intimado por unas montañas que se dejan ver a medias en un nublado día de lluvias intermitentes.

La zona de meta de la marcha.
Hablar de los Lagos de Covadonga como destino turístico es una obviedad. Una zona de gran valor medioambiental, corazón moral del Parque Nacional de los Picos de Europa y portador de algunas de las más grandes instantáneas fotográficas de toda la Cordillera Cantábrica. En esta ocasión, la idea es exponer otra forma de disfrutar de la zona e imitar a Pelayo en su faceta conquistadora. Como la vivencia fue sobre la bici, apenas existen fotos y las que presiden esta entrada son de la propia web de la marcha, de los amigos de argazkimartxa.com y del gran Gamisevic, José Manuel, por esas fotos en La Huesera. Gracias sinceras por su colaboración en esta pequeña aventura asturiana con final feliz, regada con sidra y labrada con muchísimo sudor y alguna que otra lágrima.


Que valles, que lago, que postales maravillosas. Me he enamorado de este lugar!
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