
Una vista del complejo Kubuswoningen, las casa cubo, diseñado por el arquitecto Piet Blom (1934-1999). Detrás, el edificio al que llaman el lapicero, también de Blom.
Aquel viejo puerto que vio partir a miles de personas hacia América, el mismo que aún hoy sigue concentrando el principal volumen de mercancías de Europa, ansía hacerse con un hueco dentro del imaginario colectivo del turismo. Rotterdam, la segunda ciudad de los Países Bajos, dinámica y multicultural, la urbe medieval sin patrimonio por los bombardeos de la II Guerra Mundial, la cuna del insigne Erasmo, quiere dar a conocer una personalidad propia en la que la arquitectura y el diseño se dan la mano en una apuesta por las nuevas tecnologías, la ecología y la verticalidad. Grandes edificios e infraestructuras, dignas de contemplación desde las aguas del Maas, las que de algún modo vertebran la ciudad, o desde alguna ruta más interior que improvisemos por su extensa red de carriles bici.

Vistas desde la calle Coolsingel, donde se encuentra la muy recomendable oficina de turismo Rotterdam.info, en la que se intuye una de las torres de Rotown.

¡Una tienda de bicicletas del tamaño que ocuparía aquí un supermercado!

Modernos edificios de negocios: Nationale Nederlanden.

Curioso edificio con decoración lumínica en el moderno entorno de De Wilhelminapier.

Seguimos en la zona, donde se concentran buena parte de los nuevos rascacielos de Rotterdam.

Antiguos edificios de usos destinados a las necesidades de la navegación, reconvertidos en edificios con posibles usos para la banca y los negocios.

Traseras del curioso e imprescindible Hotel New York, un lugar actualmente muy "trendy".

Un detalle del New York.
Al sur del vistoso Erasmusbrug, el puente basculante más largo del mundo, en una zona portuaria recuperada, De Wilhelminapier, se concentran algunos de los referentes de esa nueva Rotterdam. Esbeltos edificios con personalidad y diseños particulares. Cada uno bautizado con el nombre de un gran puerto mundial. Un homenaje absoluto al mar desde la grandeza de un rascacielos. En medio del proyecto, que se finalizará en 2020 pero es muy concurrido por sus restaurantes de ambientación variadas, emerge la estética modernista del New York, desde 1993 un café-restaurante-hotel de cinco estrellas (72 habitaciones entre los 99 y los 350 euros) que recuperó unas instalaciones abiertas en 1901 por la compañía naviera Holland-America Lijn. Como nota curiosa, dada la cuidadísima decoración de aquella época, los folletos informativos del New York, en neerlandés y en inglés, formalmente imitan a un pasaporte.

Interior de uno de sus numerosos y cómodos travías: en su interior conservan la figura del taquillero.

Antigua fábrica que, según nos contaron, actualmente esconde en su interior, entre otros negocios de entorno alternativo, una discoteca.

El skyline de Rotterdam.

Contraste entre diferentes apuestas arquitectónicas.

Otro edificio estéticamente muy llamativo.

Los carriles bici son cosustanciales a las calles. El respeto entre coches, tranvías y la bici, el más usado de todos ellos, es envidiable.

La iglesia de Sint Laurenskerk, con su torre andamiada en pleno proceso de restauración, vista desde la plaza del mercado. Es de los edificios más viejos que se conservan en la ciudad. Esta imagen extraída de la wikipedia aclara lo castigada que quedó la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial.

Pasando por encima del Haringvliet, pequeño canal que bebe del Maas. Rotterdam también tiene sus canales, no se crean.

Fachadas en el Maasboulevard.

Piet Blom diseño las casas cúbicas y entre 1982 y 1984 se construyeron 38. Al lado del complejo se encuentra otro edificio de su autoría: El Lápiz, De Potlood.

Las casas cúbicas: Blom quería crear una ciudad dentro de una ciudad. La sucesión de plazoletas deja espacio para pequeños comercios, pero pocos están abiertos.

Vistas desde los accesos a las casas cúbicas del llamado Oude Haven, el antiguo muelle de Rotterdam, con orígenes medievales en sus primeros asentamientos. A la izquierda, el Willemsbrug.
Amén de las perspectivas que aporta la torre Euromast, la misma en la que se practican deportes de riesgo en los que el respetable pone a prueba sus vértigos y su capacidad de generar adrenalina en una especie de puenting, otro modo excelente de acercarse a este skyline es desde el agua, ya sea en alguno de los cruceros turísticos, en sus taxis (sí, sí, lanchas que hacen esta función) o en el curioso anfibús, mitad autobús mitad barco, que desde marzo recorre la ciudad sobre el asfalto y entra en el Maas. Toda una experiencia por 19,50 € en la que se degusta, no sin cierta estupefacción inicial [aquí enlazamos un vídeo que hemos colgado en Youtube de ese momento], todo ese entorno más monumental, “rascacielamente” hablando. Gran importancia la del agua y los canales, de los que también hay en Rotterdam y como se intuye en su propio nombre cuando uno profundiza en el neerlandés: "dam" viene a traducirse como presa, dique o similar.

Contraste entre bicis para toda la familia: de la más pequeña a la más grande.

El Erasmusbrug, visto de un barco que cruza el Maas.

Una bonita vista de las aguas del Maas.

En segundo término, la Euromast. En el primero está una construcción que, según nos contaron, alberga un túnel que cruza el río por debajo y va a dar a otra estructura semejante en el otro lado.

Varios edificios, varias personalidades.
En las aguas, aunque permanentemente anclado en una península cercana, se encuentra el SS Rotterdam, el gran barco de la Holland-Amerika que tras una interesante restauración, rematada en febrero de 2010, se ha convertido en hotel de 257 habitaciones de tres diferentes tipos; así como en una especie de palacio de congresos. Algunas salas han sido rehabilitadas como bares y restaurantes. Es muy habitual que gente de la propia ciudad se quede una noche allí y disfrute de su cocina o sus veladas.

Popa del enorme De Rotterdam, una excusa para pensar en el Titanic.

El antiguo salón más aristocrático, restaurado en todo su conjunto.

Vistas desde una sala convertida en un bar/pub de música relajante.

Pasillo del barco.

La cubierta de su popa es el lugar ideal para montar una pequeña piscina y una generosa terraza.

Otra vista de la cubierta de la popa.

Su pasarela ha sido restaurada e integrada de esta forma para hacer el acceso más cómodo. El barco está anclado.
En el interior de Rotterdam, junto a la estación de metro de Blaak, y como gran referencia de esa nueva arquitectura, podremos contemplar el famosísimo complejo de casas cúbicas, las Kijk Kubus, viviendas de 80 metros cuadrados (no todos útiles) que nos despertarán muchas incógnitas y que fueron construidas entre 1982 y 1984. Un moderno hotel colorido y de aires jóvenes, el Stayokay, ubicado en algunos de estos cubos puede ser una buena forma de resolverlas. También nos comentaron que otra albergaba un museo, pero de este punto no estamos completamente seguros tras buscar información adicional muy por encima. Junto a las casas cúbicas, esbelta y coronada, se encuentra otra obra de Piet Blom, el padre de las cúbicas, llamada El Lapicero, De Potlood. La razón, su forma evidente. En esta zona tendremos unas magníficas vistas sobre el Oude Haven, el primitivo muelle de Rotterdam. En cierta forma nos encontramos en el lugar que habría ocupado la ciudad vieja, pero los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial se cebaron con esta ciudad. De aquella otra villa de orígenes medievales apenas quedan dos testimonios. La iglesia de Sint Laurenskerk, cercana a nuestra posición, es uno de ellos. En una gran explada que separa las casas cúbicas del templo es donde se monta un gran mercado de puestos diversos. Otra visita muy recomendable.

Vistas de un muelle sobre el canal Wijnhaven que da al museo marítimo.

El canal Wijnhaven (2).

El Watertaxi. Entre 10 y 20 euros cuesta agarrar un aparatejo de esos. La capacidad máxima es de cuatro o cinco personas y van ligeritos. Vamos, como los de verdad.
Una completa red de museos completan los encantos de una ciudad con muchísima vida a cualquier hora. Recomendamos dos: el Marítimo y, sobre todo, el Boijmans van Beuningen, donde se dan la mano el arte clásico y el moderno y se exponen magníficas obras de Brueghel el Viejo, El Bosco, Rembrandt, Magritte, Dalí o Kandinsky.

Una vieja embarcación restaurada de la Compañía de las indias holandesas, en el Wijnhaven, ante unos rascacielos.

Las esculturas son numerosas y están bien repartidas por toda la ciudad.
Tuvimos la ocasión de conocer Rotterdam con motivo de un viaje de trabajo en el que comprobamos sus excelentes redes de transporte público, metro y tranvía magníficos, y sus excelsos carriles bici. El respeto hacia la bicicleta, no podría ser de otra forma en los Países Bajos, es digno de envidia. Desde la ventana de nuestra habitación en el Manhattan Hotel resultaba curioso ese contraste entre coches (relativamente pocos), peatones (numerosos por la cercanía del hotel a la estación central que aúna tren, metro y, en sus proximidades, tranvía), bicicletas y algún que otro tranvía. Daba igual la hora. En la noche, ya sin trasporte público, las bicis seguían dando el callo incluso como medio de transporte en su ocio (el tranvía tiene el mismo horario que puede tener en Madrid o Barcelona el Cercanías). La gente es amiga de disfrutar de la conversación en largas cenas en las que entre plato y plato, todos ellos regados con vino (mucho caldo chileno), se mata el hambre con patatas fritas. En la Van Vollenhovenstrrat, un edificio antiguo, como una especie de almacen de carruajes, el westelijk handelsterrein, escondía en su interior un complejo de dos platas con restaurantes en la superior y su versión pub en la baja. El Smaak fue el destino de nuestra mesa y mantel.

El anfibús, toda una experiencia.

La popa/culo/trasera del anfibús.

El morro del bicho. Desde luego no es una delantera muy habitual.

Navegando en el autobús.

Un volante sobre las aguas.

De Wilhelminapier, desde el anfibús.

Los rascacielos del Wilhelminapier.

Una turista fotografía los rascacielos durante su viaje en el anfibús.

Fachadas en el Maasboulevard.

Otra vista a los canales.

Entorno de rascacielos, con el enorme Queen Mary 2 surgir entre medias de la isla.

Las otras torres gemelas.

Jóvenes holandeses en sus bicis.

La Euromast, a través de un cristal del anfibús, mojado por la lluvia y alguna que otra ola del Maas.
Antes de regresar a casa, y poco después de contemplar la mayor tienda de bicicletas que hayan visto estos ojos, acudimos al célebre Bazar, en la céntrica y famosa Witte de Withstraat. Un hotel=restaurante peculiar, de decoración y cocina arábigo-oriental y otro local en Ámsterdam. Un buen broche de oro a una gran experiencia en otro país que nunca se acaba.

La concurridísima Witte de Withstraat, una de las calles más famosas de Rotterdam.

El Bazar, famoso restaurante con otra sede en Ámsterdam, está en esta calle.

Decoración del Bazar.

¡Qué aproveche!

Interior del Bazar (2).

Increíble post! Qué de información! Acabo de descrubrir el blog en un foro de ciclismo y... aunque solo sea por eso, me hago vuestra seguidora. Por el ciclismo femenino!
ResponderSuprimirMuchas gracias por tus amabilísimas palabras, Planifica tus Viajes, compartimos pasión por el ciclismo y las escapadas. Esperamos que siempre que nos visites te sientas como en casa. Y a tu disposición.
ResponderSuprimirEl País que nunca se acaba