Lisboa, mil ciudades en una (6)


Exquisito Frango a la brasa con guarnición de arroz y patatas fritas.

Nuestra amistad en Lisboa, corresponsal de la Agencia EFE, reside muy cerca de la parada de metro de Arroios, en la línea verde. En la calle Morais Soares, próxima al metropolitano, nos llevó a cenar a un típico restaurante en el que ofertan frango (pollo) a la brasa, tan típico en Lisboa como las sardinas. Un local de decoración discreta y con camareros prototípicos: pantalón de pinzas negro, camisa blanca bastante impoluta y un poblado bigote que le da un aire de servicial señorío a caballo entre el Joaquín Arozamena más joven y el Vicente del Bosque más seleccionador. De grato recuerdo es el escuchar el portugués de una relación comensal-camarero.


Sagres y Super Bock, las dos cervezas lusas más internacionales.

Un plato de medio pollo, con abundantes patatas fritas bastante gruesas y una salsa de especias de origen asiático, era más que suficiente para llenar el estómago. Cuatro comensales, con su plato individual y sus buenas consumiciones de cerveza… Y la cuenta baja bastante de los 30 euros. La relación cantidad/calidad y precio, magnífica para el bolsillo del viajero. Se come tan bien y tan barato como dicen... otra cosa es dar con la tecla de abandonar aquellos lugares más turísticos.

Antes, para abrir apetito, desafiamos la generosas pendientes de la calle Poço dos Mouros para alcanzar el alto de la Penha de Francia. Se siente el frescor de la noche y las vistas, cómo no, también son atrayentes, aunque desde nuestro punto de vista no es el mejor mirador. Hubiera sido un error acercarnos en el día y renunciar a los placeres visuales, por ejemplo, del cercano Mirador de Graça.

Entrada al Mezcal, un concurrido pub especializado en mojitos.
Tras disfrutar de la velada, decidimos tomar alguna copa y comprobar la animada vida nocturna de Lisboa. De nuevo recurrimos al metro para llegar hasta el Barrio Alto. Nos bajamos en Rossio, caminamos por la Plaza de Pedro IV e iniciamos la ascensión al Barrio Alto. Pronto alcanzamos el Mezcal, un pub especializado en mojitos que tiene renombre en toda la ciudad. Se nota: está hasta arriba y hay mucha presencia extranjera, fundamentalmente erasmus y fundamentalmente italianos. Aunque también te topas con grupos de chungaria, como conocen a las pandillas de jóvenes más, digamos, rebeldes. La gente sale a la calle a beber, pero no la arma. También ayuda a que todo vaya por cauces más o menos normales el hecho de que muchos edificios están abandonados, algunos se encuentran apuntalados y varios carteles adelantan que llegará una necesaria rehabilitación. Al día siguiente es laborales para algún integrante del grupo y optamos por acabar la marcha en un local de ambiente caboverdiano.
En Lisboa existe una buena comunidad, muy asentada, de originarios de esta ex colonia africana, como también de Angola y Mozambique. La música típica anima el ambiente. La ubicación del local invita a llevar bastón. Estamos en plena rua da Bica de Duarte Belo, una calle con tal pendiente que cuenta con un tranvía para superar sus rampas. El mejor modo de ascender desde la avenida que transcurre casi paralela al Tajo, por la zona del Cais do Sodré, al Barrio Alto. Por cierto que, al lado, dentro de una especie de patio interior en torno al que se encuentran varias viviendas, emerge A bica (traducible por "fuente" o "chorro"), un mágico rincón muy desconocido. No deja de ser una fuente antigua, pero llegar hasta ella te sumerge en otra Lisboa. Una ciudad más alejada del concepto turístico y más cercana al concepto alfacinha, "lechugita". Así llaman a los oriundos lisboetas.
Un paseo nocturno hasta la plaza del Comercio y la plaza de Pedro IV, el mejor broche a la noche. Nuestro paso por el famoso A Brasileira, el café de los literatos y los poetas (una estatua recuerda a Fernando Pessoa) en el pasado, fue testimonial. Tiene más nombre que otra cosa, nos comentaba una amistad. En todas las guías lo incluyen, sin embargo, como visita indispensable.

Bica de Duarte Belo.


La madrugada en la Plaza de Figueira, con el castillo de San Jorge iluminado en lo alto.
Como el Benfica es una pasión (nos explicaba nuestro amigo que es el equipo del pueblo, frente al más elitista Sporting Clube) y su nuevo estadio, A Luz, es un icono de la nueva arquitectura, nos dirigimos, en metro, hasta sus aledaños (estación Colegio Militar/Luz). La idea era aprovechar el “casi vecino”, y nuevo, Centro Comercial Colombo, un enorme área comercial, para hacer unas compras. Antes, una vuelta por el estadio, destino turístico para muchos portugueses que se inmortalizan con la estatua del mozambiqueño Eusebio y acuden a la exposición de la historia de la entidad. Al día siguiente, por cierto, se disputaba un amistoso entre el Benfica y el Milán con motivo de la Eusebio Cup y se notaba la presencia de algún que otro reventa. Por cierto, como nota curiosa, para entrar al perímetro del estadio debes pasar por debajo de una especie de M-30, la avenida general Norton de Matos, también llamada segunda circular. Las taquillas están justo debajo de esta vía rápida.


Acceso al enorme Centro Comercial Colombo.

La segunda circular lisboeta. Al fondo, el Parque Forestal del Monsanto.


A Luz, el estadio del Benfica. Una joya de la arquitectura civil moderna.




El escudo, el águila y el estadio: los tres símbolos del club.


Eusebio, protagonizando un cartel anunciador del torneo que lleva su nombre.


Una escultura de Eusebio, la perla negra, preside la entrada a la zona noble del estadio del Benfica. Una placa desglosa todos los éxitos deportivos del mozambiqueño.


Eusebio es un icono de tal magnitud que incluso existen plantillas para pintadas, repartidas por toda la ciudad, con su figura.


¿Se acuerdan de la serie V?

Tras el paréntesis futbolero, una buena forma de conocer esa otra Lisboa pasional, volvemos al metro para dirigirnos hasta la estación de Plaza de España, donde está la embajada española (hay otro edificio diplomático en la Avenida de la Libertad) y acudir al muy recomendable Museo Calouste Gulbenkian, gestionado por la Fundación del mismo nombre. Como en el caso de otros espacios museísticos, varios colectivos tienen la entrada gratutita. Por cinco euros, tenías derecho a contemplar la exposición permanente de las obras que, durante su vida, este turco enriquecido con el petróleo fue adquiriendo. Millonario, acabó en Lisboa hasta sus últimos días, en los que donó toda su obra al gobierno portugués bajo la promesa de que sería expuesta y conservada. Hay cuadros de Manet, de Rembrandt; esculturas de Rodin, porcelanas chinas, mobiliario de la época de la ilustración,… Ciertamente, muy recomendable.
Junto al metro, donde hay una serie de paradas de autobús (por cierto, uno de ellos lleva a los lisboetas hasta la playa de Paparica, no tan conocida como la de Troia, en Setúbal, un destino habitual de turistas extremeños), emergen una serie de puestos donde, en plan mercadillo, se combinan los que ofrecen ropa, accesorios, música de aires africanos y amagos de bar, casi barras ambulantes, donde tomarse una bifana (especie de bocadillo de carne muy típico) y una cerveza Sagres bien fresca. En esta zona, eso sí, asustan los aviones: el aeropuerto está cerca y vuelan bastante bajo.


Los puestos de la Plaza de España y su "variada" oferta.


Un improvisado bar callejero para un tentempié.


Entrada al Museo Gulbenkian.

Una escultura de Calouste Gulbenkian preside el acceso ajardinado al recinto que acoge el museo y la Fundación del mismo nombre.

Joven haciendo una pompa de jabón, de Manet; este cuadro es uno de los "grandes" del museo.

Monumento de la plaza de España; es habitual ver a los aviones volar bajo, pues el aeropuerto de Lisboa no queda lejos.
Pero, como decíamos al principio, esta es una ciudad con miles de posibilidades. Cada viaje es un mundo: si alguna orientación puede ser bienvenida, pues para eso impulsamos estas impresiones. Y para animar a aquellos que aún no hayan dado el salto a Lisboa. ¡No se arrepentirán!


Casa da sorte, una espece de administración de loterías, de la plaza de Pedro V.

Esta Casa da sorte tiene una particularidad: una virgen en su interior.


Una de las bocas de la estación de metro de Rossio: ésta, concretamente, nos deja en la Plaza de Figueira.


Dependienta de la pastelería Casa Chinesa, fundada en 1860 y ubicada en la rua Río do Ouro.


Fachada de Casa Chinesa, con la particularidad de que el negocio cuenta con un peculiar "cartel" en la acera.


Esquina dotada de reloj en un punto que separa la Plaza de Pedro V y la de Figueira.

La estatua de Juan I en la plaza de Figueira.












La plaza Martin Moniz, vista desde nuestra ventana en el Hotel Mundial.

1 comentario:

  1. Me ha encantado la entrada del blog pues soy una enamorada de Lisboa.Falta una copa en el Pavilhao Chinese.

    ResponderEliminar