Camino de Santiago. Cuarta etapa: Sarria-Portomarín (8 de abril de 2012)


Un día verde y azul. Un cielo limpio, un sol intenso, una sucesión de prados y bosques de abundante brillo y agradable frescor. El camino entre Sarria y Portomarín nos trae un adiós hermoso, el callejeo en cuesta por Sarria hasta que nos despedimos con una panorámica sobre la ciudad, y un hola sobrecogedor, el de un largo puente que salva las aguas del Miño, recrecido por un embalse de Belesar que fagocitó una Portomarín salvada de las aguas parcialmente. Entre iglesias románicas y panorámicas de postal, entre aldeas y campas, la jornada marca para muchos el inicio de su Camino. No son pocos los que arrancan su peregrinación desde Sarria. Y la razón es simple: es el inicio más cómodo para cumplimentar el mínimo de 100 kilómetros que se exige si se quiere recibir la compostelana.

Es por ello que la afluencia de caminantes será mayor. En algún punto puede ser agobiante según las fechas (sobre todo en vacaciones, claro, y especialmente durante el verano) y ya se sabe que con la masificación todo se desvirtúa. Pero esto, no obstante, no tiene por qué acaecer. Los hospitaleros y algunos de los que sellan las credenciales del peregrino en las iglesias del camino recalcan que lo ideal, a partir de Sarria, es sellar tres o cuatro veces al día. Como no cuesta nada, y como la credencial es un hermoso recuerdo, pues tampoco cuesta.

El paso por el hito 100 es un punto de inflexión anímico. Santiago se siente próximo y el recuerdo de jornadas precedentes retroalimentan las ganas de caminar. El buen tiempo, sorprendente si tiramos de los antecedentes inmediatos, anima a muchos a echarse un lado, buscar un pradito y tenderse a disfrutar de tan despejada climatología. Portomarín, que por esas fechas celebra su fiesta del aguardiente, acogerá uno de los mejores paseos posetapa. De todas las “metas”, a excepción de la mismísima Santiago de Compostela, ninguna tan animada como ésta. Entre coros y danzas, en el marco de una hermosa arquitectura civil, nos explican el pequeño milagro de la mudanza, piedra a piedra, de sus grandes monumentos. La iglesia de San Juan es el mejor ejemplo. Inconfundible. Hermosa. Un buen final de etapa.

Los 24 km de la cuarta etapa, de Sarria hasta Portomarín, está marcado por un soleado día donde picó el lorenzo a base de bien. El ritmo es alto y en seis horas, tras una buena parada técnica en una terracita donde no faltaron unas frescas cervezas y sus tapitas, llegamos a Portomarín. Allí nos encontramos con la Feria del Aguardiente, otro aliciente más darse una vuelta. Menudo ambiente tenía el centro urbano.

Albergue de Sarria, opiniones para todos los gustos.

Iglesia de Santa Marina o Santa Mariña. Abajo, un mural sobra la Santa Compaña.

Campanario de la iglesia de Santa Marina. El viejo templo románico fue profundamente remozado en el siglo XIX.

Por la Calle Maior. Como salida, la de Sarria es la más espectacular de todas las urbanas.

Iglesia del Salvador, en la parte alta de Sarria.

Tímpano románico, no exento de cierto misterio, de la iglesia de El Salvador.

Torre/fortaleza de Sarria, una construcción del siglo XV que es el último vestigio de una antigua muralla medieval que tenía otras tres y que fue desmontada en el siglo XIX para el uso de sus piedras como materia prima.

Sarria. Mosaico heráldico.

Sarria. desde la parte alta de la ciudad, en la zona donde se asentó su desaparecida fortaleza.

Un viejo crucero en la parte alta de Sarria.

Puente romano da Aspera, en las cercanías de Sarria. Salva las aguas del río Celeiro y llegamos a él tras pasar junto al cementerio de Sarria y afrontar una gran bajada.

Kilómetro 110. Homenaje zapatillesco. Brilla el solo y nos aproximamos a un paso sobre las vías del ferrocarril, una zona donde hay que tener precaución.

¡Tremendo árbol! ¡Menudo roble!

Iglesia de Santiago, en Barbadelo, otra joya románica a unos cuatro o cinco kilómetros de Sarria.

Capitel románico en la iglesia de Santiago de Barbadelo con motivos animales.

Tímpano románico en la iglesia de Santiago de Barbadelo.

Densa corredoira de camino hacia Peruscallo.



Una peregrina deja una piedra en una de las cruces que encontraremos a lo largo de esta etapa.

Bonitas vistas entre Cortiñas y Casal.

Puerta patrocinada por Leche Pascual en una pequeña explotación ganadera.

¡Siga la flecha!

Una espina dorsal empedrada le permite al caminante salvar las aguas que han conquistado un tramo.

Por aquí da gusto patear. ¡Menudo día! Un poquito de sol también se agradece para hacer más agradable el viaje.

De camino al hito del kilómetro 100, un sorprendente tramo empedrado que parece digno de la París-Roubaix ciclista.

El fotografiadísimo y maltratado hito 100. Falta un centenar de kilómetros para llegar a Santiago. Esta es la distancia a partir de la que te dan la compostelana.



Prados inmensos e intensos antes de llegar a Ferreiros.

Una pequeña ermita nos espera en las cercanías de Ferreiros.

Para arriba, para abajo. Entre Ferreiros y A Pena, un buen lugar para una parada técnica de birra, vino y vianda.

Preciosos campos.



Más de vacas pastando.





Dos peregrinas descansan en una zona con buenas vistas.

Contrastes y panorámicas antes de llegar a la aldeíta de Montrás.

Montrás.

Artesanía Peter Pank. El Camino, desde una perspectiva más contestataria.

Una televisión contenedor de basura. La auténtica telebasura.

Otro prado con vistas sublimes para tomarse un descanso.

Nos acercamos a Portomarín y de golpe y porrazo nos damos cuenta que veníamos cimeando unos pequeños cerros.

Paisajes en los alrededores de Parrocha.

Parrocha, tomada por la piedra. Preciosa aldea.

Una lagartija moteada toma el sol en las piedras que rodean una explotación agrícola.

Un albergue con mucho encanto en la aldea de Vilachá, a unos tres kilómetros de Portomarín.

¡Portomarín! Sobre el río Miño. Viendo fotos de otras épocas, el embalse de Belesar está bajo mínimos. De hecho, se intuían las ruinas del antiguo asientamiento de Portomarín. El pueblo tuvo que encaramarse al Monte do Cristo, su actual asentamiento, cuando en 1962 se construyó este embalse.



El Miño, fotografiado desde los accesos de Portomarín.

Esta escalinata ornamental que recuerda, por qué no, imaginación al poder, a una pirámide maya, que se construyó para asentar uno de los arcos del viejo puente romano de Portomarín. Otros restos permanecen bajos las aguas.



Porticada calle de Fraga.

La iglesia de San Juan, o de San Nicolás, un templo con aires de fortaleza en el que destaca su gran rosetón y que, como curiosidad, fue mudado piedra a piedra desde su ubicación anterior, amenazada por las aguas del embalse de Belesar. No fue un caso único y su reconstrucción no fue fiel a lo anterior. También corrieron la misma suerte otros referentes de Portomarín.

Arquivoltas y tímpano en una de las puertas de la iglesia de San Juan.

Casa do Concello en fiestas. ¡Fiesta del aguardiente!

Monumento al peregrino.

Otra vista... pero en esta se aprecia un restaurante que está bastante bien.



Arquitectura popular en Portomarín.

Vistas desde el albergue de Portomarín. Este hospedaje, aceptable, es el que menos nos gustó de todos.





La iglesia de San Pedro, del siglo X, fue otro monumento trasladado piedra a piedra del viejo al nuevo Portomarín.

CAPÍTULOS DE ESTA ENTRADA
Consideraciones para un Camino en ocho etapas y tiempo variable.

De Villafranca del Bierzo a O Cebreiro.

De O Cebreiro a Triacastela.

De Triacastela a Sarria por el Monasterio de Samos.

De Sarria a Portomarín.

De Portomarín a Palas de Rei.

De Palas de Rei a Ribadiso da Baixo.

De Ribadiso da Baixo a Pedrouzo.

De Pedrouzo a Santiago de Compostela.

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