Lisboa, mil ciudades en una (3)

Un buen descanso permite cargar las pilas para la vista de la tarde: Belem. De la Praça de Comerço parte un tranvía, de los modernos además, que nos deja junto al célebre monasterio de los Jerónimos y muy cerca del campo del Os Belenenses, el equipo lisboeta menos conocido a nivel internacional. Los otros, el Sporting Club y el Benfica, tienen más notoriedad mundial. Uno, el primero, es el de las élites; el otro, el del pueblo llano. Los derbis son muy intensos, nos cuentan. Igual demasiado. Pero así es una ciudad llena de contrastes...



El afilador, en un motocarro decorado de forma muy doméstica, pasea por las calles de Lisboa.



Un numeroso grupo de palomas se toma un descanso en una fachada de la Baixa.


El tranvía es algo más caro que el Metro y debes comprar el billete en máquinas expendedoras que hay dentro, por lo que tienes que procurar llevar dinero suelto: te arriesgas a que no tenga troco, o cambio. La “tarifa bordo” son 1,40 euros. El viaje en el 15E, el nuestro, es muy entretenido: vas viendo otra Lisboa a través de la avenida 24 de Julio; el recorrido pasa bajo el mastodóntico puente del 25 de abril, igualito al del anuncio de Mafre en la lejanía.



Bajo el puente, en el tranvía que pasa por la Plaza del Comercio.



Los modernos tranvías de Lisboa; la parada, la de Belem.



La pastelería más famosa de Belem.


Y justo antes de parar, pasas delante de la famosa pastelería que hace los dulces de Belem, con una receta de los monjes especial desde 1837. Las colas son bestiales en Pastéis de Belem. Los dulces, a mi por lo menos, me empalagan: eso sí, están buenos. Con media docena (puedes comprar unidades sueltas, cada una es a 0,90 euros) para dos, te quedas bien.



Uno de los famosos pastelitos... La gente viaja a Lisboa única y exclusivamente por estos manjares tan empalagosos.


Al lado, Los Jerónimos. Faltan palabras para hablar de semejante joya. Precioso. Una portada intensa. Sobrecoge con esa profusa mezcla de estilos. Las tumbas en el interior de Luis de Camoes y de Vasco de Gama le dan un karma especial a la luz que se mete por las vidrieras. La lástima, el enorme flujo de gente. Y no toda educada y respetuosa. Son las cosas de estos sitios, tan mágicos pese a la afluencia de personal. Tanta magia tiene que, incluso, se firmó en él el Acuerdo de Lisboa (2007), piedra de toque de la constitución europea.



Monasterio de Los Jerónimos, una maravilla.


Detalle de la portada de Los Jerónimos.


Otra instantánea de la hermosa portada de este monasterio en el que, por cierto, se firmó el Tratado de Lisboa.


Interior de los Jerónimos.


Detalle de una vidriera. En directo, el efecto de la luz es sobrecogedor.


Detalle de la tumba en la que descansan los restos de Vasco de Gama. Antes de partir con rumbo hacia la India, él y su tripulación rezaron en este monasterio.

Desde allí nos encaminamos al Monumento a los Descubrimientos. Es otro símbolo de Portugal, aunque tiene un origen un tanto "oscuro". La dictadura lo mandó levantar en 1960 para conmemorar el 500 aniversario de don Enrique el navegante y tuvo mucho tiempo ese aire de obra propagandística. Con el tiempo se ha librado de ella gracias al turismo. Es enorme, pero ciertamente hermoso, con todos esos prohombres, 33 exactamente, de la historia expedicionaria portuguesa.
Un turista observa, ensimismado, el puente del 25 de abril.

El monumento gana aún más con el fotogénico puente de 25 de abril al fondo (puente que, por cierto, se llamó así cuando llegó la democracia al país vecino en 1974, siendo anteriormente conocido con el nombre del dictador Salazar). A sus pies, en el suelo, se extiende el dibujo de una enorme rosa de los vientos, un presente del gobierno sudafricano de la época.


Monumento a los Descubrimientos.



El monumento, reflejado en las gafas de una turista.

En el monumento aparecen 33 personajes básicos en la historia conquistadora de Portugal, presididos todos por el Infante don Henrique (el que está enfrente del Tajo, en el punto en el que convergen los dos lados de esta construcción que se asemeja a un barco) y dotados de elementos que les hacen reconocibles. También se destacan 27 descubrimientos, entre los que figuran Azores (1427, el primero de la lista), Cabo Verde (1444), Guinea (1460), Angola (1483), el cabo de Buena Esperanza (1488), India/Calcuta (1498), Madagascar (1500) o las Islas Palau (1525, el último).

Los ilustres, además de don Henrique, son los siguientes: Pedro de Portugal, duque de Coimbra; Felipa de Lancaster; Fernao Mendes Pinto (escritor); Fray Gonçalo de Carvalho; Fray Henrique Carvalho; Lus Vaz de Camoes (poeta); Nuno Gonçalves (pintor); Gomes Eanes de Zurara (cronista); Pero da Covilha (viajero); Jaume Riba (cosmógrafo); Pedro Escobar (navegante); Pedro Nunes (matemático); Pero de Alenquer (navegante); Gil Eanes (navegante); Joao Gonçalves Zarco (navegante); Fernando, o Infante Santo; Alfonso V; Vasco de Gama (navegante); Afonso Gonçalves Baldaia (navegante); Pedro Álvarez Cabral (descubridor de Brasil); Fernando de Magallanes (navegante); Nicolau Coelho (navegante); Gaspar Corte-Real (navegante), Martim Afonso de Sousa (navegante); Joao de Barros (escritor); Esteban de Gama (capitán de navío); Bartolomeu Dias (descubridor del cabo de Buena Esperanza); Diogo Cao (navegante); António Abreu (navegante), Afonso de Alburquerque (gobernador); San Francisco Javier (misionero) y Cristóbal de Gama (capitán).





Aquí especialmente se nota que están recuperando el río. Trabajan en traer restaurantes y cafés de aires chic, crean un carril bici (por cierto, tiene lugares algo peligrosos, cuidado en él tanto si se camina como si se pedalea), una avenida peatonal con la Torre de Belem al fondo. Un agradable paseo a poco que sople la brisa del cercano Atlántico, o esos vientos hijo de la confusión de un río que se asemeja a un mar o viceversa.


Patrimonio de la humanidad, es otro de los iconos de Lisboa. Alcanzar la puerta de esta torre defensiva que defendía la entrada al Tajo te impone. La verdad es que está muy bien conservado todo el conjunto. No es mal plan para una jornada, pero Lisboa aún da más de sí.


Torre de Belem: icono mundial de Lisboa.


Detalle de la Torre de Belem.

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